domingo, 1 de noviembre de 2026

DÍA DE DIFUNTOS

 Era domingo, pero tenía alma de miércoles. Un domingo podrido, de esos que no deberían existir.

Anoche salí a estirar las patas. Quería patear mi mala suerte, esa perra sarnosa que me siguió toda la semana. Había terminado un día de trabajo tan pésimo que ya me sentía un muerto en vida. Todo empezó esta oscura madrugada, cuando me levanté con el pie izquierdo y vi al gato. Un par de luces fosforescentes que se perdían en la inmensidad de la noche, pero antes de irse, lanzó un maullido. No fue un maullido. Fue un lamento profundo, largo, humano. Como si a alguien le estuvieran arrancando el alma en el infierno y ese quejido hubiera encontrado la garganta del animal para salir.

Esa sombra me quedó dando vueltas en la cabeza. Aún, así caminé. Decidí irme a pie hasta mi jato, aunque para eso tuviera que bordear el cementerio de la ciudad. El aire ya olía a noviembre. A tierra removida y a cera quemada. Justo antes de llegar al Campo Santo, vi los restos. Coronas florales marchitas de los entierros de la semana, cintas descoloridas que decían DESCANSA EN PAZ, pétalos negros pisoteados en el barro. Las luces de la avenida morían ahí. Más allá, solo la tapia alta y la boca negra del portón principal, entreabierta. Y entonces las vi. No. Las sentí primero. Sombras embozadas, agazapadas en la oscuridad espesa, pegadas a la pared. No se movían. Respiraban. O hacían como que respiraban. Una de ellas se desprendió de la pared y en un segundo la tuve encima.

Unas manos heladas, huesudas, con uñas largas me tomaron por el cuello. No eran manos de asalto. Eran manos que no querían robarme, querían hundirme. Me apretaron la tráquea hasta que mis ojos se llenaron de puntitos de luz. No pude gritar. No pude respirar. Sentí el crujir de mi propia garganta y luego, nada. Un telón negro, espeso y definitivo.

No sé cuánto tiempo pasó.

Cuando volví en mí, intenté abrir los ojos. Los abrí. Y no vi nada. Una oscuridad absoluta, total, que pesaba sobre las pupilas. El aire olía a encierro, a madera vieja humedecida y a tierra mojada. A flores podridas. Quise incorporarme y alcé los brazos por instinto. Toqué algo duro. Frío. Muy frío. Una tapa a centímetros de mi cara. Madera forrada por dentro con un satén asqueroso y húmedo. Intenté sentarme de golpe y mi frente chocó con esa misma tapa con un golpe seco. El dolor me devolvió una chispa de lucidez. Entendí. Estaba dentro de un cajón. No enterrado. Aún no. Estaba dentro de un nicho. Podía sentir las paredes de cemento a los lados, el fondo de ladrillo raspando mi espalda. Me habían metido en un nicho vacío, o que creyeron vacío. El pánico me hizo arañar. Arañé la madera, el cemento, me rompí las uñas. Empujé la pequeña reja metálica que sella los nichos. La reja chirrió, se quejó como un animal herido, como si no quisiera dejarme salir. Como si disfrutara tenerme adentro.

A empellones, a patadas, con el hombro dislocado del esfuerzo, logré reventarla. El metal oxidado me rasgó la camisa, me abrió la piel de los brazos. Salí como pude, cayendo de espaldas al pasto del cementerio. Quise correr. Pero mis manos solo tocaban cruces. Cruces frías, de fierro, de mármol, de madera carcomida. Cruces y más cruces, todas a la misma altura de mi cara. Me había caído en el pabellón de los niños. Me levanté tambaleante. Un viento helado, antinatural para esa noche sin viento, me cruzó la cara y me terminó de despertar. Ya podía ver, a medias. Largas hileras de mausoleos que parecían dientes podridos, pasadizos estrechos ahogados por buganvillas y enredaderas que me agarraban los tobillos como manos. Llegué a un callejón tan angosto que tenía que ir de lado.

Y entonces los escuché.

Al principio fue el viento. Después entendí que no era viento. Eran quejidos. Lamentos. Miles de llantos desconsolados, superpuestos, que no venían de una garganta, venían de debajo de la tierra. Voces que clamaban ayuda, que pedían agua, que llamaban a sus madres. Voces de gente que sabía que nadie vendría a sacarlos. El cementerio entero lloraba en el Día de Difuntos, y yo estaba en medio de su coro. Corrí. Tropecé. En la carrera choqué de frente con la punta de una cruz metálica, de esas de fierro forjado que ponen en las tumbas olvidadas. La punta se me incrustó justo debajo de la clavícula, a un dedo del corazón. Sentí el metal frío entrar, el calor de mi sangre salir. No grité. No me quedaba aire para gritar. Me zafé dejando un pedazo de mí en esa cruz. Di un paso más, uno solo, buscando la salida, y el suelo me faltó. No había suelo. Era una fosa. Una fosa abierta, recién cavada para el entierro de mañana. Profunda, negra, con olor a lombriz y a hueso húmedo. Caí. Caí y seguía cayendo, interminablemente, mientras las paredes de tierra me rozaban la cara y las raíces me azotaban como dedos. No recuerdo nada más. Mucho después, o quizá al amanecer, escuché voces arriba. Voces vivas, de gente normal. Que discutían, que se horrorizaban. "¡Sepulturero! ¡Sepulturero, venga!" Habían encontrado algo. Un hallazgo macabro, decían, justo en el Día de Difuntos.

Abajo, en el fondo de la fosa, con una cruz de fierro clavada en el pecho y la ropa hecha jirones, había un cuerpo. Con los ojos abiertos de par en par, llenos de tierra. Y en su rostro, congelada para siempre, la expresión exacta de alguien que entendió, demasiado tarde, que esa noche no había sido asaltado por ladrones. Sino reclamado por los muertos.

domingo, 25 de octubre de 2026

SKALA DE LOS Q

 Después de haber estado por un breve lapso (casi por cumplir tres añitos), gozando obligatoriamente de mi Año Sabático, a pesar de no haber hecho mérito alguno; es decir, no haber trabajado ni por una hora seguida, pero, este Choche,  es muy obstinado y qué mejor si se trataba de reconocer en carne propia los derechos humanos fundamentales, entonces era la hora o del tiempo necesario para sacrificar esos mesecitos destinados a filosofar -a pierna suelta- Tiempo necesarísimo para emitir un pronunciamiento de completa desaprobación acerca de la palabra trabajo que siempre me sonaba a una ley del Chongreso y, sobre todo, no solamente hacerlo mío, sino, demostrarlo en vivo y en directo; digo, de tomar este tiempito y vivirlo en carne propia por una urgente necesidad de tremenda meditación incomprendida.

Mi viejo, al ver el poco empeño que le ponía al solo hecho de escuchar la palabrita trabajo y muy cansado de repetir la misma cantaleta cada medio día en los últimos trece años y hallándome todavía en mi camita, lucubrando hasta en sueños en esa maldita palabra, porque me  consideraba una persona muy responsable. Pero, ese día aciago, apareció con un gran valde de agua helada cubierta de hielo y diciéndome amablemente con un garrote de un metro pordiez kilos de peso  que servía para trancar segura la puerta principal.

-¡Hoy día mismo, te bañas y vas al Chongreso; buscas al presi de mi parte y te presentas, que él ya sabe para qué diablos estás allí.

Convencido por su especial amabilidad y consideración, le pedí para los pasajes y por poco me manda a la mismísima…calle.

Después de mil controles, revisiones y menudas preguntas, estaba presentando mis generales de ley:

-¡Ahhh…tú eres el hijo de…mi compadrito Eloy… Bueno, ¿Y tú qué sabes hacer? A tus…treinta años…¿debes tener… mucha experiencia, nooo?

-Bueno, experiencia…lo que se dice experiencia…

-Solo vas a responder a la siguiente tarea: Haz una prelación de las mujeres, ¡Nooo!…de sus cuerpos; mejor, de la parte principal de su cuerpo…¿Eso sabes, nooo?

Y me sentó frente a una compu y se alejó sobándose ambas manos. Según pude apreciar en sus ojillos medio turbulentos, escondía algo que lo hacía sonreír maliciosamente.

Puse como título: SKALA DE LOS Q, seguido de una pequeña introducción referida a lo que consideraba lo esencial del cuerpo femenino. Después de revisar por tres veces seguidas la prelación quedó así:

Consideraciones Previas: tomando en consideración las últimas clasificaciones venidas desde París, Países Bajos y Tailandia, especialistas en derrier, pompis o culos, hago de su conocimiento la siguiente clasificación en tres grupos, para no caer en confusiones que se prestarían a mil interpretaciones, conjeturas y posibles rajes: a) In-formadas; b) Formadas y; c) Armani.

Explicación: en el grupo de Informales están las pisadas por aplanadora, llamadas, planchas, tablas o desconfiadas; porque buscas afanosamente por todo lado no encuentras nada de nada por ningún sitio; en el grupo de Las Formales, comprende a la favorecidas por la naturaleza y presentan señas ineludibles de sus bondades culinarias; es decir, solo necesitan de un poco de ejercicio y mucha mano; finalmente, el grupo de Las Armani, aquellas que, a una cuadra de distancia, huelen a silicona pura y deben tener mucho cuidado con todo aquello que tiene aguda punta, incluyendo los punteros mentirosos, porque se pueden pinchar y al toque se desinflan y lo peor, pueden salir volando por la ventana ante el temor de ser descubiertas. 

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, pude ver algo parecido a la figura paterna provista de un palo de metro y medio, de un cilindro donde, al mover sus aguas, sonaba algo como trozos de hielo que chocaban entre sí, Mientras seguía soñando con mi elección y estaba seguro de coger la chamba, a pesar de todo.

domingo, 18 de octubre de 2026

MONÓLOGO TEATRAL: "EL BISTURÍ DE LA VANIDAD"

 

(Se enciende la luz, yo entro con bata blanca y nariz postiza de payaso)

—¡Buenas noches! Hoy vamos a hablar de la cirugía plástica… esa noble ciencia que convierte arrugas en cheques y papadas en pelícanos jubilados. Porque, seamos sinceros, aquí nadie quiere parecerse a su abuela, salvo que la abuela tenga contrato con Netflix.

Miren, la rinoplastia es el clásico: millones de narices que parecen picos de cóndor cruzados con hachas medievales. ¡Un ángulo de 90 grados capaz de cortar el mestizaje en dos! Y claro, uno sale del quirófano con nariz griega… pero griega de tragedia, porque el aire ya no entra ni con GPS.

Y la papada… ¡ay, la papada! Esa bolsa que nos da el look de pelícano tragando lobos marinos. Yo digo: si la papada hablara, pediría sindicato.

Pasemos al pecho: ahí la cosa se pone seria. La ginecomastia y la mastectomía son como el casino: todo depende de cuántos verdes tengas en la billetera. Pero cuidado, que hay prótesis tan duras que un sacudón de mamas puede dejarte con trauma craneal. ¡Eso sí es defensa personal!

Ahora, la parte trasera… el keke, el derrier, la colita. ¡Ah, ese territorio tan deseado! Algunos necesitan dos manos para levantarlo, otros se ponen calzones con aumento, y los más creativos pantalones que hacen milagros. Pero ojo: hay traseros tan tímidos que prefieren quedarse en casa antes de exponerse a una pasada de huaype. ¡Y con razón, porque esa práctica solo queda en el código penal!

Y al final, con tanto bisturí, tanto relleno y tanta prótesis, vamos a terminar todos iguales: un ejército de clones con sonrisa estándar y trasero de catálogo. ¡Imagínense la fiesta! Nadie sabrá quién es quién, y el DJ tendrá que anunciar: “¡Parejas al azar, porque todos tienen el mismo cacharro y dan la misma sensación!”

(Se apagan las luces, yo grito al público)

—¡Te apuesto, Choche, que la próxima vez ni tu mamá te reconoce!

domingo, 11 de octubre de 2026

SUEÑOS ARTESANALES

Era como si el cuerpo entero se me incendiara por dentro, como si me hubieran metido en una olla de vapor con los poros abiertos y los ojos cerrados, viendo y no viendo, sintiendo y no sabiendo si era sueño, delirio o puro desenfreno. Aquel encuentro, ese que me dejaba babeando como perro excitado, aparecía y se esfumaba como un fantasma caliente, metido entre la tibieza de una visión borrosa, sudada, llena de jadeos y espasmos. Fogosos deleites, uno tras otro, como si me hubieran amarrado al potro del deseo y me azotaran con látigos de carne.

Despertaba y no despertaba. Medio consciente, medio animal, con los instintos bajos pidiéndome a gritos que volviera a trotar, a galopar, a morder las crines de mis propias ganas adolescentes. Cerré los ojos otra vez, como quien se lanza al abismo con gusto, y ahí estaba yo, pica que pica las espuelas en esas ancas virginales, montándolas sin tregua, sin pudor, sin pausa. Cabalgaba metido en ese sueño como quien quiere alcanzar el infinito sobre una potra salvaje que no se deja domar, que me sacude, me revuelca, me escupe, me grita. Y bastaba con cerrar las persianas, con apagar el mundo, para tenerla otra vez.

Mi mente, en sus momentos de tregua, pintaba de blanco, como si quisiera purificarse, pero no duraba nada. Volvía el sacudón, el temblor, la insinuación brava de ese jineteo a pelo, sin montura, sin reglas. Subía y seguía, sudando como puerco en feria, desnudo, empapado, mientras el sopor me agarraba por el cuello y me arrastraba por todo el cuerpo, reptando como serpiente caliente. La potra divina gemía, se retorcía, me decía “así, así, así”, y yo le imprimía más, más, más, como si el placer fuera una estampida que no se detiene.

No quería bajarme de esa cabalgadura. Me aferraba como loco, como poseído, sintiendo chispear el frenesí que nos llevaba perdidos en un solo éxtasis, como si el mundo se hubiera reducido a ese subibaja infernal. Luego, un vacío, breve, traicionero, pero volvía el jadeo, el roce, el choque de carnes, y otra vez estábamos unidos, pegados, volteados, revueltos, sin querer saber de la quietud, sin pedir tregua, sin pensar en nada más que en seguir.

Recuperé el sentido, o eso creí, y busqué ese cuerpo cómplice, esa sirena que se deslizaba entre mis piernas como pez caliente, sin detener su ritmo feroz. Quise abrazarla, cogerla, meterla entre mis brazos, fundirme en ese calorcito seductor, pero no estaba. Se había perdido entre las sábanas, entre los pliegues, entre las sinuosidades de ese nido de orgasmos que ya no encontraba. Tanteé, busqué, dale y dale, como quien busca la razón de un gozo que lo ha llevado por caminos ignotos, por rutas de placer que no tienen mapa ni destino.

Desesperado, me lancé otra vez en su búsqueda. Nada. Silencio. Vacío. Destapé todo, el nido, las sábanas, el colchón, y solo quedaba en mí un sabor agridulce, lejano, como el eco de un vaivén que me había sacudido hasta los huesos. Subí y bajé esas montañas de blancura, de sabor jamás probado, y ese sabor extraño se metía más y más, acompañando la cadencia diabólica del galope insaciable.

Volví la cabeza y ahí estaba. Recostada, plácida, como gacela en acecho, mostrando sus bondades sin pudor. Pero yo, desesperado, seguía buscando sus formas, sus colores, sus contornos insaciables. Abrí las persianas de par en par, como quien quiere ver la verdad, y lo único que encontré fueron recuerdos vaporosos, un par de pies blancos, delicados, estirados, con uñas largas, crecidas, que se perdían en la blancura de la nada.

Y ahí, en esa nada, me quedé. Con el cuerpo temblando, con el alma revuelta, con el deseo aun galopando sin destino.

domingo, 4 de octubre de 2026

JUICIO ORAL: EL CASO "REYNA DEL POP"

 (Se abre la sesión. El juez golpea la mesa con un mazo improvisado: un micrófono dorado. Público expectante, guitarras listas para rasguear huaynos irónicos.)

JUEZ: —¡Orden en la sala! Se inicia el proceso contra la ciudadana conocida como “Chata Dorada”, acusada de usurpación de título artístico y difamación agravada contra la señora Madonna, autoproclamada Queen of Pop. Fiscal, exponga su caso.

FISCAL (voz fuerte, teatral): —Señoría, la acusada ha cometido el delito de Borderline identitario. Se hace llamar la única reina, cuando todos sabemos que la verdadera es la demandante. Además, ha calumniado con saña, diciendo que Madonna es la Grandma of Pop, que perdió la voz y que ahora depende de la IA. ¡Eso es un Frozen ataque a la dignidad artística!

(El público murmura, uno grita: “¡Que le den pensión de papel higiénico, pero no la corona!”)

ABOGADO DEFENSOR (voz melosa, con guiños al público): —Señoría, mi cliente solo ejerció su derecho a Express Yourself. ¿Acaso no es legal opinar? Además, Madonna ya no baila como antes, sus párpados parecen Hung Up en un estiramiento eterno, y su pancita hace Jump por los aposentos. ¡Eso no es difamación, es descripción clínica!

*(El público ríe, un guitarrista improvisa: “Dormidita, dormidita, con cirugía infinitaaa…”)

FISCAL (interrumpe con sarcasmo): —Objeción, señor juez. La defensa confunde diagnóstico con insulto. Aquí hablamos de una artista que convirtió Like a Prayer en himno mundial, que inventó el escándalo con Erotica, que puso al planeta a bailar con Vogue. ¿Y ahora quieren reducirla a un Bedtime Story de retiro anticipado?

JUEZ (golpeando el micrófono): —¡Objeción aceptada! Continúe.

FISCAL: —La acusada, además, se apropió de médicos de cabecera para arrancar secretos íntimos de lipos y estiramientos. ¡Eso es Into the Groove quirúrgico! Y como agravante, pretende coronarse con títulos que no le corresponden. Señores, esto es como pedir indemnización por haberse dormido en horario laboral, pero cantando Holiday.

(El público estalla en carcajadas. Una señora grita: “¡Eso no está en el Código Civil, está en el Código de la Cojudez Pop!”)

ABOGADO DEFENSOR (sudando, voz quebrada): —Pero señor juez, mi cliente tiene derecho a la fama. ¡Es un derecho adquirido! Aunque su brillo sea prestado, aunque su Lucky Star sea artificial… ¡la ley es la ley!

JUEZ (con sarcasmo): —La ley es la ley, pero también la burla es la burla. Y aquí estamos en juicio oral performativo, no en karaoke de La Isla Bonita.

(El público aplaude. Un borracho grita: “¡Que lo condenen a bailar con los ojos abiertos!”)

FISCAL (remate final): —Señoría, esta impostora no merece la corona. Lo que merece es un Sorry público en BBC, CNN y todas las redes. Y si no, que Madonna viaje a México D.C. y convierta su fama en un Ray of Light que la queme viva en silicona y letras plagiadas.

JUEZ (sentencia teatral): —¡Se declara improcedente la usurpación! En su lugar, se concede:

  1. Una pensión simbólica de papel higiénico.
  2. Un busto de cera en el Museo de la Inutilidad Pop.
  3. Y un curso obligatorio de Music para aprender que la reina es una sola.

(El juez levanta el micrófono. El público canta a coro: “¡Que viva la estupidez, pero que Madonna siga siendo la Reyna del Pop!”)

JUEZ (último golpe de micrófono): —Se levanta la sesión. ¡Y que la acusada se retire caminando derecho… si puede!

(Cajón y guitarra acompañan la salida. El público ríe, aplaude y brinda con chicha. Fin del juicio.)

domingo, 27 de septiembre de 2026

AFICIONADO DE LOCURA

 Caía la tarde y aquella fuerte ventisca parecía arrastrar todo a su paso; incluyendo esos pies lentos hundidos en el polvo de la tarde de aquel párroco retraído que se dejaba  ver muy poco. Se movía un tanto encorvado y, por momentos, se detenía, respiraba y trataba de enderezar esa postura cansina y enjuta como queriendo comunicar aunque sea al viento como sus campanas todo aquello que lo mantenía lamiendo en sus heridas cada día y no hallaba a quién podérselo contar. Años atrás, su prior le había encargado la menuda y escondida parroquia del pueblito metido entre la sequedad de la lejana serranía; allí, en esa capillita hecha con barro y paja; allí donde pudo llevar su sotana, sus fuertes desencantos y sus iniciales anhelos de servicio y recuperación que le ayudasen a recuperar sus lánguidos deseos de seguir viviendo, como también el poder enterrar de por vida las trágicas desilusiones que lo seguían matando de a pocos, cada noche.  

Sin embargo, aquel pueblito ignoraba que aquella alma atormentada se autoflagelada cada madrugada hasta quedar sangrando por toda una mañana. A medio día se encaminaba a la capilla para poder orar con toda su alma y conseguir un tantito de descanso y tranquilidad; luego, a manera de compensación, le venían unos hambres asesinos. Ahora, tampoco podía resistirse y ponía manos al asunto. Lo cierto era que no tenía reparo alguno en despacharse tres fuentes de tallarines o macarrones al hilo que él mismo preparaba con esmero y dedicación incomparables. Sí, pues, a pesar de todo, de tanto en tanto -comentaban las beatas- dejaba entrever restos de una recia figura debajo de esas actuales formas gruesas envueltas en una raída sotana que pedía auxilio a gritos porque ya no resistía a su reverendo usuario; entonces, por las noches lloraba y gemía hasta el delirio, rogando a todos sus santos lo hagan desistir de sus aficiones desmedidas del buen diente; siempre acompañado de un inmenso odre de cuero traído desde su España añorada. Después, solo hallaba total consuelo escuchando su música clásica y solo así podía acariciar el sueño sobre su tarima de palos.

Por ese carácter tan díscolo y retraído, el pueblo le tenía poca aceptación; aunque la menor de beatas corrió la voz que una decepción amorosa lo había cambiado hasta obligarlo a tomar los hábitos de sacerdote y él mismo, pidió ser destacado a una comunidad rural de los Andes. Casi no celebraba misa todos los domingos porque era de un talante muy reacio contra las madrugadas, contra los matrimonios; y lo peor, detestaba los bautizos porque tenía que zambullirse con las criaturas en la pila de agua bendita. Sin embargo, cada vez que lograba era cogido metido en su sacristía y comiendo a cuatro cachetes, siempre estaba con el odre de vino compañero; y no era un vino cualquiera, sino aquel preparado para consagración. Allí, acurrucado con su jarro entre manos, siempre estaba escuchando sus clásicos predilectos; y en tales casos, cambiaba su semblante osco y renegón por otro apacible, grato y muy apasionado.

En tales ocasiones, llevado por su entusiasmo, al mencionarse Chopin, Wagner, Mozart, Bach o Beethoven, entonces, se despabilaba de un salto, se ponía en pie y parecía tomar una Cítara celestial entre sus brazos, simulando una danza, pero sin dejar de ponderar a grandes voces  la pieza que estaba tocando; ahí mismo, se levantaba la sotana y buscaba pareja en el aire para poder dejar en libertad a todos sus deseos reprimidas.

Pasó algún tiempo y los muchachos del barrio intentamos -y no solamente intentamos- sino que acordamos jugarle una broma: calculando el término de una sesión musical y terminado todo su vino, nos presentamos de improviso dentro la sacristía. Se puso colorado como un rocoto por la sorpresa; forzó una sonrisa y después, muy animoso, cerró la capilla y sacó otro odre de su mejor  especial traído de Chorunga; famoso por su exquisitez y calidad propia de los dioses del Olimpo y departió como nunca.

Después de mucho brindis, compositores y discusiones, el curita ya estaba granate y más picante que un rocoto de huerta. Para colmo de asombro, nuestro osco sacerdote, sacó un tercer odre y ahora pedía a gritos le consigamos una pareja. Ya no quería escuchar música clásica, sino, él afirmaba que también conocía muchísimo sobre música chicha, cumbia y reguetón. Su peculiar estado parecía comulgar con muy poco, tornando esa expresión seca que alejaba a píos devotos y aficionadas cucufatas que nunca faltaban.

De pronto, una sórdida soledad  cundió por entre el poblado. No hubo misa por tres domingos seguidos y las campanas que repiquetean a las diez de casi todas las mañanas, también entraron en un silencio cómplice y absoluto. Durante ese mismo lapso los chismes se hacían más frecuentes y por lo bajo se comentaba que incluso había desparecido a la menor de las beatas. Aquella mujer que también se refugió en ese pueblito casi olvidado, pero, a pesar de su tristeza, siempre se mostraba atracción por su encanto con sotana  y no dejaba de preguntar en cada novena por la salud del padrecito. Pasaron otras largas semanas y los corrillos corrían como un reguero de pólvora, diciendo que su renegado pastor estaba poseído por sus demonios y que se fue malito tras una postrera pasión con rumbo a la capital y que ahora solo se les recordaba cuando a eso de las diez, sonaban aquellos tristes tañidos de las dos campanas gritando sus gemidos.

 

domingo, 20 de septiembre de 2026

INVITACIONES ASISTIDAS

 Dejamos a un lado las usuales invocaciones a través de médiums, pues como siempre, estamos un paso adelante y chapamos una reciente IA denominada POSTP2 y logramos chapar, al vuelo, algunos mensajes de último aliento, dictados o redactados, justo antes de abandonar este Valle de pendexos, dejando un encargo a esas almitas nobles, puras y un poco santas de todos sus enemigos, aquellas maldiciones, bajos deseos o juramentos  que, una vez publicados, les harán vivir el resto de su vida a cuadritos, esperando que nunca consigan la tranquilidad eterna en su cajón o en su covacha. Aquí vamos:  

DEL SORDO DE BONN

Señora

 Antoine Brentano

Mi queridísima Antoine, viuda precoz, musa tardía y destinataria de mis desvaríos craneales:

Te escribo desde la postrera trinchera de mi piano, este monstruo de madera que vibra más que las paredes de Viena cuando pasa un carruaje gigantesco por el empedrado. Imagínate la escena: yo, enano y macrocéfalo, pero genio musical, al fin; con la cabeza tan grande que podría servir de globo aerostático para cruzar el Danubio, y con los oídos tan inútiles que ni un cañón disparado a dos metros me haría pestañear. Tan sordo como una tapia, sí, pero no derrotado: he descubierto que, si muerdo una varilla de madera conectada al piano, las vibraciones me llegan a la dentadura y, milagrosamente, escucho. ¡Qué ironía! El genio musical reducido a un roedor melódico, masticando tablillas para enterarse de su propia sinfonía.

Mi médico, ese aguafiestas con bata, me diagnosticó “engrosamiento craneal”. ¡Qué manera tan elegante de decir que mi cabeza es un bombo desafinado! Según él, la presión me dejará más sordo que una campana rota. Yo le respondí con mi mejor sarcasmo: “¡Perfecto! Así no tendré que escuchar tus sermones sobre dieta saludable”. Porque, queridísima y amantísima Antoine, yo solo como huevos pasados y bebo vino como si fuera agua bendita. Panzón como un globo, sí, pero un globo musical que flota sublime entre sonatas y misas solemnes.

Hablando de obras, permíteme presumir con la modestia que me caracteriza (es decir, ninguna): mi ópera Fidelio es todo un canto a la libertad, aunque yo mismo esté prisionero de mi sordera. Mis sonatas, esas criaturas caprichosas, nacen de mis dedos gordos y torpes, que parecen salchichas vienesas intentando bailar sobre las teclas. La Novena Sinfonía, esa orgía coral, la compuse sin escuchar ni fa, confiando en que los ángeles me dictaban las notas mientras yo mordía mi varilla como un perro con hueso. Y mi música sacra… ¡ah, Antoine! Si Dios existe, debe reírse a carcajadas cada vez que me ve dirigir un coro sin saber si cantan o ladran.

Tú, mi viuda adorada, eres la única que podría comprender la tragicomedia de mi existencia. Imagínate: un hombre que se enamora profundamente, pero cuya declaración amorosa suena como un gruñido de oso porque no oye su propia voz. Si alguna vez te dije “te amo”, probablemente salió como “te hamo” o “te limo”. ¡Qué espectáculo! Y sin embargo, tú me mirabas con esos ojos de compasión que convertían mi ridículo en epopeya.

No creas que me quejo. Al contrario, me regodeo en mi desgracia. ¿Quién más puede presumir de haber compuesto himnos inmortales mientras se alimentaba exclusivamente de huevos blandos y vino barato? ¿Quién más puede morir con la barriga inflada y la cabeza como un planeta, y aun así dejar a la humanidad cantando “¡Alegría, alegría!” en la Novena? Yo, Antoine, yo. Tu bufón divino, el payaso sin oído, el titán con dentadura vibrante.

Y cuando llegue el final —porque todo final merece su teatro— imagino la escena: yo, rodeado de papeles manchados de vino, con mi secretario llorando como si fuera la protagonista de un melodrama barato. Entonces, con mi último aliento, pronunciaré la frase que ya tengo ensayada: “Aplaudid, amigos, comedia finita est”. Chau. Así, con un chau musical, como quien cierra la puerta del más Famoso Teatro con un amor declarado al final de la obra y musitado solo a tu sensible y amoroso oído.

Querida Antoine, si alguna vez dudas de mi amor, recuerda que cada nota que escribí fue un intento desesperado de hablarte. Aunque mis oídos se cerraron, mi corazón gritaba más fuerte que cualquier coro. Y si la posteridad me recuerda como un gordo macrocéfalo que mordía palos para escuchar su piano, que así sea. Al menos tú sabrás que detrás de la caricatura había un hombre que te amaba con la misma intensidad con que bebía su vino.

Tu eterno sordo, Ludwig van Beethoven

domingo, 13 de septiembre de 2026

UNA ESCAPADITA AL INFRAMUNDO

 Guarda aquellas aguas y aquellos ríos el horrible barquero Caronte, cuya suciedad espanta; sobre el pecho le cae desaliñada luenga barba blanca, de sus ojos brotan llamas; una sórdida capa cuelga de sus hombros, prendida con un nudo: él mismo maneja su negra barca con un garfio, dispone las velas y transporta en ella los muertos, viejo ya, pero verde y recio en su vejez, cual corresponde a un dios.

describe a Caronte como un anciano vestido con ropas sucias, de mejillas demacradas y barba desaliñada, un barquero feroz que guía su embarcación con una larga pértiga.[24] Caronte es frecuentemente representado en el arte de la Antigua Grecia en jarrones funerarios de los siglos V y IV a. C. que a menudo están decorados con escenas de muertos en su barca. En los primeros jarrones, parece un tosco y descuidado marinero ateniense vestido de color marrón rojizo, tomando el palo de su barca con la mano derecha y usando la izquierda para recibir al muerto.

Argumento:

Como todo el mundo culto (incluyéndote, de raspetón) ha leído o sabe que, en el inframundo greco, todas –o casi todas- las almas tenían que arribar al Hado surcando la laguna Estigia  para escoger aquel lugar de su permanencia eterna. Este conjunto de antiguos relatos, despertaron mi curiosidad por meter mis narices en la literatura precedente a Homero, Horacio y Cía. Pues todos daban fe de esos sucesos fúnebres. Es así que ahora intento hacer una versión un tanto más actualizada y los invito a acompañarme en esta fantástica aventura:

Muere Temeo, célebre discípulo de Odiseo y, el Concejo de Ancianos de Ítaca, quiere rendirle el tributo correspondiente: lo embalsaman y lo despachan por correo marítimo en una barquita ardiente a más no poder y toda la Isla lo despide como corresponde, pues hasta la orilla llegan los efluvios del chancho al palo.

Mientras tanto, Temeo, al poco rato se ve ante la presencia de un viejo sucio cuyo olorcito lo despierta; el resplandor de las aguas inmundas e infestadas deescubre un rostro macilento con una luega barba que le llega hasta el pecho, donde hay un nudo de la pequeña capa raída que le cae de los huesudos pero fuertes hombros. Al toque tiene que cubrirse la griega porque ese ser espeluznante lo recibe con la mano izquierda y con la derecha agarra un garfio con el que conduce la vieja barcaza, negra y maloliente. Ahora puede descubrir al feroz barquero Queronte.

Entre las sombras de esa oscuridad infinita, apenas puede distinguir, de rato en rato, grandes acantilados y terribles farallones de piedra que lanzan lenguas de fuego intermitente. Al fondo, divisa tenuemente algo muy oscuro y supone que debe ser la entrada al paraíso; porque el ingreso al averno está cubierto de flores.

Sin embargo, aquella pértiga infernal, pareciera hundirse más a prisa y aquella travesía se torna inaguantable por los monstruos que salen de rato en rato amenazando con voltear la endeble balsa. Caronte, despidiendo inmensas llamaradas por las cuencas de sus ojos, voltea a mirarlo de vez en cuando, anunciando una fatal despedida al alma que está por dejar muy pronto en la otra orilla.

Pero fin, el tomentoso viaje ha llegado a su destino y el viejo barquero de todos los tiempos y de todas las almas lo obliga a bajarse, no sin antes pedirle el óbolo o aquella moneda que el occiso debería haber llevado debajo de la lengua.

Muy sorprendido el pasajero, la busca entre sus escasas pertenencias y en todo su cuerpo, pero no encuentra nada. Caronte, al darse cuenta de la carencia del óbolo no puede dejarlo; maldice una y mil veces porque ahora tiene que volver al otro lado y eso le significa otro viaje, esperar a que tenga la moneda y después, reiniciar sus penosas tareas que más parecen ser un castigo interminable de Zeus y siente que sus fuerzas lo están abandonando.

 

OTRA VERSIÓN:

 

UNA ESCAPADITA AL INFRAMUNDO

Como todo el mundo culto —y te incluyo a ti, de raspetón, aunque la máxima incursión en tu mundo clásico sea el  haber visto a Hércules de Disney, borracho un domingo— haber leído o al menos haberlo fingido, que en el inframundo greco todas, o casi todas las almas tenían que arribar al Hades surcando la laguna Estigia. No había Uber, no había pasaje en clase turista, no había opción de quedarse en el limbo por motivos personales. Era obligatorio. Muerte, balsa, barquero malhumorado. Como la SUNAT, pero más eficiente.

Este conjunto de relatos lúgubres, fúnebres y con tufo a incienso barato, despertó mi curiosidad de chismoso trascendental y me puse  meter mis narices donde nadie me llamó: en la literatura precedente y poscendente(?) a Homero, Horacio, Virgilio y toda esa tira de escribidores barbudos que lo hacían solo en verso porque aún no se había inventado la prosa decente. Todos, sin excepción, daban fe de esos sucesos mortuorios con carácter de obligatorio, como si fueran notarios del más allá, estando más aquí. Así que decidí hacer este viajecito incomparable; luego, los invito a seguirme en esta fantástica aventura de bajo presupuesto y alta mortalidad y digo así:

Muere Temeo.

Temeo, para quien no lo recuerde, jamás apareció en ningún poema épico, aunque fue el más célebre discípulo del pilas Odiseo. No el más inteligente, no el más valiente, no el más guapo. El más célebre en ser olvidado. Su gran hazaña en vida fue haber aprendido hacerle nudos a las túnicas de Odiseo sin ahorcarse en el intento y haber sobrevivido a los chismes de Penélope. Murió como mueren los grandes hombres de Ítaca: de una indigestión por comer higos secos en mal estado mientras esperaba que su maestro volviera de otra guerra innecesaria.

El Concejo de Ancianos de Ítaca, que no tenía nada mejor que hacer desde que Ulises dejó de darles trabajo, decidió que había que rendirle tributo. Se reunieron durante tres días, comieron, bebieron, eructaron decretos y concluyeron lo obvio: había que embalsamarlo. No porque lo quisieran preservar para la posteridad, sino porque ya olía raro desde antes de morir.

Lo embalsaman, pues. Con resina barata, mirra de oferta y un par de hojas de laurel que le habían sobrado al cocinero. Y luego, como manda la tradición isleña de los que no quieren pagar entierro en tierra firme, lo despachan vía marítima. Es decir, lo acuestan en una balsa de juncos, le prenden fuego a más no poder para que se vea bonito desde la orilla, y lo empujan al mar. Toda la Isla lo despide como corresponde: llorando a medias, aplaudiendo a medias, y aspirando con devoción unos efluvios inconfundibles de chancho al palo que venían de la otra playa, donde se celebraba otro funeral que sí tenía catering decente.

Mientras tanto, Temeo —metido en la maldita barcaza que ya se le empezaba a quemar el trasero, porque en Ítaca hasta la muerte es con incomodidad— al poco rato de flotar, vomitado por las olas y por el humo, se ve ante la presencia de un espectáculo que ni Homero habría descrito sin espeluznantes arcadas.

Un viejo sucio cuyo penetrante Chanel malogrado lo despierta abruptamente del sueño eterno. Y no es metáfora. Olía a cloaca de templo, a perro mojado del Olimpo, a calcetín de ciclópe después de la maratón. El resplandor aceitoso de las aguas inmundas e infestadas de almas quejosas, pañales mitológicos y botellas de ánfora vacías; todo esto, hace que descubra un navegante de rostro macilento,  provisto de una luenga barba que le llega hasta el pipute, donde termina en un nudo asqueroso hecho con la pequeña capa raída que le cae desde los huesudos hombros. Ese nudo, juro, tenía vida propia y probablemente tributaba.

Temeo, instintivamente, tiene que cubrirse la griega —entiéndase, su pudor helénico, su poca dignidad restante— porque ese ser espeluznante lo recibe con la mano izquierda, que le faltan tres dedos y le sobra pus, y con la derecha agarra un garfio oxidado que lo ayuda a la conducción de la vieja barcaza, negra, maloliente y con la revisión técnica vencida desde la Titanomaquia. Ahora sí puede descubrir al feroz barquero: Queronte. Caronte para los amigos, Carontito para su madre, y “¡oye, cochino!” para todos los demás.

Queronte no habla. Gruñe. Y cuando gruñe, se le caen pedazos de barba.

Entre las sombras de esa oscuridad infinita, que no es poética sino literal porque Hades nunca pagó la cuenta de la luz, Temeo, apenas puede distinguir, de rato en rato, grandes acantilados que parecen uñas encarnadas de los dioses y terribles farallones de piedra que lanzan lenguas de fuego intermitente, como si el inframundo tuviera reflujo gástrico. Al fondo, divisa tenuemente algo muy oscuro y supone, con la ingenuidad de un provinciano recién muerto, que debe ser la entrada al paraíso; porque en su cabeza de discípulo de segunda mano, el ingreso al averno está cubierto de flores. Cosa cierta, si las flores son de plástico y las venden en la puerta del panteón.

Sin embargo, aquella pértiga infernal pareciera hundirse más a prisa. No avanza, se hunde y aquella travesía se torna inaguantable por los monstruos que salen de rato en rato amenazando con voltear la endeble balsa. No son monstruos de verdad, aclaremos. Son los burócratas del inframundo: la Hidra de Recursos Humanos que te pide llenar tres formularios para poder ser devorado, el Cancerbero que no es un perro de tres cabezas sino tres supervisores con una sola neurona, y las Sirenas, que ahora cantan reguetón funerario y te ofrecen planes de telefonía para el más allá.

Caronte, despidiendo inmensas llamaradas por las cuencas de sus ojos —que más que ojos son dos carbones encendidos por falta de mantenimiento— voltea a mirarlo de vez en cuando, anunciando con esa mirada de cobrador de combi una fatal despedida al alma que está por dejar muy pronto en la otra orilla. Cada mirada es un recordatorio: “Apúrate, que tengo más muertos y tú no pagas extra”.

Y por fin, el tormentoso viaje ha llegado a su destino. Gloria a Zeus. Aleluya. Temeo toca tierra. O lo que sea que pisen las almas: una ciénaga negra y humeante, que suena a una inmensa masa pegajosa.

El viejo barquero de todos los tiempos y de todas las almas, con la paciencia de un funcionario a punto de jubilarse, lo obliga a bajarse a empujones, no sin antes estirar la mano — esa mano que ha visto morir imperios — y pedirle el óbolo. La monedita. El sencillo. Aquel dracma miserable que el occiso debería haber llevado debajo de la lengua, como manda la tradición, como manda el manual del buen muerto.

Temeo se queda helado. Bueno, más helado.

Muy sorprendido el pasajero, la busca entre sus escasas pertenencias —que son ninguna, porque en Ítaca lo embalsamaron sin bolsillos— y en todo su cuerpo, que ya no es su cuerpo sino una idea mal embalsamada de su cuerpo. Se mete la mano a la boca, se revisa la lengua, la campanilla, las muelas del juicio que nunca le salieron. Nada. Se revisa la túnica. Nada. Se revisa el alma. Menos.

Caronte, al darse cuenta de la carencia del óbolo, sufre una epifanía trágica. No puede dejarlo. El reglamento es el reglamento. Si lo deja pasar sin pagar, lo audita Hades. Si lo regresa, pierde tiempo. Maldice una y mil veces, con un repertorio que haría sonrojar a Ares, porque ahora tiene que volver al otro lado y eso le significa otro viaje completo, esperar en la cola del Estigia a que el imbécil consiga la moneda, y después, reiniciar sus penosas tareas que más parecen ser un castigo interminable de Zeus que un trabajo.

Y ahí está la tragedia suprema, la ironía mordaz que ni Sófocles se atrevió a escribir: Temeo, que en vida nunca tuvo un cobre partido por la mitad, que vivió de las sobras de Odiseo, que murió esperando que alguien le pagara lo que le debían, resulta que en la muerte también está quebrado. Es el primer muerto moroso de la historia.

Caronte, con las fuerzas abandonándolo, con la barca haciendo agua, con la barba llena de algas del Estigia, lo mira y le dice, por primera vez en eones, algo parecido a una frase humana:

-“¿Ni para morirte tienes plata, desgraciado?”

Y Temeo, con la honestidad brutal que solo da el estar ya jodido para siempre, le responde:  -“Maestro, si hubiera tenido óbolo, no habría aceptado que me mandaran en una balsa prendida con olor a chancho al palo.”

Y ambos se quedan ahí, varados en la orilla del todo y de la nada, dos trabajadores precarizados del sistema mitológico, esperando que algún vivo se apiade y les haga Yape al más allá.

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

CAMBIO DE CANAL

 Para hablar de la lengua, esa señora entrometida que nunca pide permiso, hay que tener más cuidado que al cruzar la Av. Ejército en hora punta. Porque la muy flaca, larga y sin hueso, parece inofensiva, pero es un arma de doble filo: hoy te sirve para recitar a Garcilaso y mañana te deja como chismoso barato en la esquina de la tienda. La lengua, esa víbora triperina, se activa en suegros, vecinos y políticos en campaña, y lo peor: si te la muerdes, quedas envenenado, como quien se traga su propio veneno verbal.

Pero ojo, no estamos hablando de la sinhueso literal, la que cuelga de los tenis del barrio ni de la carne musculosa que se mete en problemas cada vez que abrimos el hocico. Aquí el asunto es más fino: la lengua atribuida al Manco de Lepanto, don Miguel de Cervantes Saavedra, que empezó como latín vulgar, se disfrazó de romance latino, se ordenó con Fernando II, El Sabio, y terminó en castellano, ese idioma que hoy usamos para insultar con elegancia y mandar memes con abreviaturas que harían llorar a Nebrija.

La lengua, mi querido choche, no es un fósil en el museo. Es un organismo vivo, cambiante, que evoluciona más rápido que los precios del mercado San Camilo. Y mientras más avanza, más metemos la pata: hablamos wadas, inventamos palabritas, y le cantamos sus verdades al hijo de la vecina que tampoco domina la suya. Es decir, un festival de errores compartidos.

Desde sus inicios, la lengua fue ceremoniosa y confusa, mezclada con corrientes diversas en los bajos fondos, pero también hermosa y sonora. Luego vinieron las reglas, la gramática, los diccionarios, y aun así siguió siendo explosiva: suegra contra nuera, novio contra esposa, varón contra varona. Y como si fuera poco, llegaron las economías lingüísticas: abreviaturas, símbolos, acrónimos, y ahora los emojis, que son la gramática oficial del siglo XXI.

¿Y esto tiene solución? Pues claro que no. La inteligencia artificial, el sentido común (ese fósil en extinción) y la desaparición del pensamiento crítico nos han dejado en modo “mute”. Hoy se propone volver al libro, conversar, discutir, prohibir el celular y defender argumentos como gladiadores del Coliseo. Pero claro, eso suena tan utópico como pedir que los noticieros no exageren.

La IA, esa prima digital que todo lo sabe, ya prevé el desmedro de la mente humana. Y no es para menos: la usamos indiscriminadamente, como quien mete ají rocoto en todo plato. La máquina podría terminar decidiendo que somos incapaces de merecer seguir viviendo, porque preferirá lo exacto, lo cabal y lo completo. Mientras tanto, nosotros seguimos peleando por si se dice “haiga” o “haya”.

Así que, para no vivir en sobresaltos, hay que hacer un esfuerzo mundial: inclusión, respeto, orden. Aunque sabemos que la tecnología actual es nuestra mayor preocupación, porque en un futuro próximo nos analizará y determinará que no sabemos usar la lengua. Y allí sí, condenados al silencio perpetuo, no por falta de palabras, sino por exceso de estupideces mal dichas.

En resumen, la lengua es como ese control remoto que nunca encuentras: cuando lo necesitas, desaparece y cuando aparece, cambia de canal sin pedir permiso. Y nosotros, pobres hablantes, seguimos atrapados entre Cervantes y el WhatsApp, entre la gramática y el meme, entre el discurso académico y el “XD”.

La moraleja es clara: si no cultivamos la lengua, ella nos cultivará a nosotros… como plantas ornamentales en el jardín de la IA. Y allí sí, choche, ni el Manco de Lepanto nos salvará del “Game Over” lingüístico.

sábado, 29 de agosto de 2026

¿QUÉ TIENE MI WAWA?

 -Benooo…Benitoy… ¡Beno! ¿T´iacís el  sordo…o no querís hacerle caso a tu mama?

-¡Mamitay…perdonáaa…qu´estoy con la cabeza que me va´reventar… Perdonaméee…

-¿Qué le pasa a mi wawa? Qu´está muspo, dende que si´asentau en la mesa y parece qu´está kaicau…¿A vos no te parece…que sois su madre? ¿N´uestará enfermito?

-¡Qué va ser! D´iaseguro que ha comiu mucho cañihuaco y s´ia kiskiu! Mañana mismo le meto su purgante y sansiacabó l´enfermedá! ¡Ya verís cómo se le pasa en un dos por tres!-dijo su hermana mayor..

El tata de mi tata, qu´iasta ese momento estaba callau en la cabecera de la mesa, carraspeó como de costumbre cuand´uiva a lajlar y dijo:

-¡Este koro, lo que tiene es otra cosa! Por gusto le van a meter el Aceite de Ricino y lo van hacer kospeyar un güen rato…!Dejemmelóoo a mi, que yo le voy a sonsacar lo que está pasando! ¡D´iaseguro es otra cosa y no s´iapriocupen que no debe ser nada grave…!

Como shempre, m´ice el desentendiu y seguiya metiéndole a la cuchara con harta devoshón y empeño hasta terminar tuita mi mazamorra de chuño que tanto me gustaba. Me retiré del comedor y jui hacia la huerta del jondo a buscar mi sitio de shempre y sentarme debajo de la higuera que y´astaba cargando güena cantidá d´iojas. Otra vez vino a mi torocma la priocupashón de tuita la mañana: habiya guardau mis tirallos grandotes dentro de mis bolsillos; tanto así que ya pareciban alforjas, pero después del recreyo, cuando entramos a clases y quise sentarme no pude hacerlo y sentiya que aquellos bolones s´estaban cayendo y´el profesor d´iaseguro que me las capujariya hasta la semana siguiente. Quise rempujar mis ganancias pa´que entren todas en el bolsillo y…peyor. Se me rociaron tuitas mis bolas porque s´iabiya roto una de mis alforjas.

-¿Quién está jugando con bolas dentro de la clase? Y me despedí de mis bolones.

Sin embargo, ni siquiera imaginaba lo que vendriya después. M´iabiyan encargau que luego luego de las clases, pasara por la recoba y comprara de doña Pancha seis canutos de seda y tres filosedas de colores para mi mamitay Eufemia. Cumplí con la tareya pero nunca imaginé lo que estaba por suceder. Una vez comprado tuito el encargo y comprobar los colores señalados, toda la compra la metí en el bolsillo y seguí tacpiando por tuito el camino, patiando algunas champas o piedras que encontraba por mi camino. Antes de ingresar a la casa metí la mano al bolsillo y se me fue hasta la pierna. Nunca habiya fallau en los encargos hechos y aura me veniya a pasar con el de mi mamitay que d´iaseguro, una vez enterada, pondriya el grito en el shelo, me moleriya a palos y senojariya con mis tatas por tener un hijo tan descuidau.

-Maver…¿Q´uiapasau con mi becerrito colorau? Retumbó en mis orejas aquella pregunta de mi queriu tata de mi tata…

-¡Nada de nada…mi queriu Toro Menelik! Aquí estoy tratando de descansar…

-¿Sabís con quién estáis hablando? Soy el Fabio, por siaca… y a mí no me vais a venir con co…

-¡Sí, ya lo sé! Queriu tata, pero esto es algo que nunca m´iapasau! Y no sé q´uiacer…

-P´aiso está este, tu tata, pa´poderte ayudar shempre…Maver, decíme…¿qu´iapasau?

-¡He roto el pantalón! Y ricién lo teniba un parcito de semanas…

.!No te preocupís! Tuito en la vida tiene remedio…

-Menos la muerte, pero no solo es eso…

-¡Acabáramos, ¿que más l´ia pasau a su mercé? ¿Es de vida o muerte?

-¡Mi mamitay me va a matar! L´ue perdiu s´uencargo…

-¿Y´eso es todo? No te confundáis que p´aiso está este tu tata… Lo del hueco en el pantalón con una aúja yilo s´iarregla; de paso te enseño a coser…Lo jodiu está con las sedas y filosedas de la Benita Tomá un par de soles y decile que t´ias olvidau y mañana mismo compráis su encargo y lo ponís en tu bolsón…

-¡Gracias, gracias, tata…

-Pero estas gracias no son gratis. ¡Dende mañana, a las cinco y media, cogís un mantel y me acompañáis a trayer una brazada d´ialfalfa pa nuestros conejos!

DICCIONARIO LONKO:

Aúja: por aguja

Brazada: medida de alfalfa (supuestamente lo que cabe entre ambos brazos)

Capujar: quitar

Kaikau: agarrado de la Tierra

Kiskiu: estreñido

Lajlar; hablar, comentar

Muspo: triste, apagado

Recoba: mercado de abastos

Tacpiando: caminando con dificultad

Tata de mi tata: abuelo

Tirallo: bolón

Torocma: cabeza. pensamiento

sábado, 15 de agosto de 2026

DON BENITO, UN LONKO D´IADEVERAS

Habíamos asistido religiosamente a la misa de honras fúnebres celebrada en la Iglesia de Sabandía para despedir el cuerpo presente de nuestro querido Negro Armando Rivas, más conocido como el “Potrillo Retinto”. Medio pueblo había concurrido como siempre: una rápida mirada y allí estaba mi tía Edubiges, la Calzón con Parches, al igual que mis primas; todas, vestidas llevando un luto muy estricto que les cubría hasta la cabeza. También los primos de mi difunto tío y demás parentela vestían algunas prendas oscuras, dando al penoso ambiente un aspecto más gris a este templo repleto de familiares ´dolidos´, amigos de “tuita la vida” y un montón de curiosos que nunca faltan en esas ocasiones. De improviso, se hizo un largo silencio, pues, a lo lejos, un séquito arropado con túnicas blancas y moradas salía de la sacristía con ritmo pausado y un tanto solemne, haciendo que despertara cierta curiosidad entre el gentío y mi abuelo Benito, meciéndose la barba; socarronamente, comentó:

-Oíteee, m´ijo, ¿ande s´ia metiu la Rabo Loco de la Brígidas? ¡No la veyo por ningún sitio! D´iaseguro yastáu con el cura Panza´y trapo… Creyó que y´es su mujer… ¡Hay ande lo vis, es un zamarro… ¡Cómo le gusta enamorar a las maltonas…! S´iarremanga las polleras y patitas pa´qué te quiero… ¡Si´es un bandiu, este diaulo con sotana! Mirálo con su uniforme… ¡No mata n´iuna mosca! ¡Oíte… si´a trayiu tres monaguillos, vesto ve, qué tal lujo!

-Cállate, abuelito, no ves que ya va a arrancar la misa…

-¡No le hagáis caso! D´iaseguro qu´iastau tirándose el vino… Si zampau nomá para! ¡Aurita se caye, vais a ver!

Y como que dos y dos son cuatro, para mala suerte del cura, iba adelante para colocarse presuroso en medio del altar cuando, por mirar cautivado por una bella jovencita de la primera banca, enredó torpemente sus pies entre la pesada alfombra y perdió el equilibrio. Quiso apoyarse en la mesa donde iba a celebrar la esperada misa, pero temerariamente se cogió del mantel y zuácate, se vino abajo junto con uno de los chicos que lo tenía tomado del brazo. Al instante, retumbó un solo golpe contra el piso y pareció remover todo el salón, escuchándose un destemplado y sonoro ¡Puta madre… virgencita perdonaméee… que me voy a sacar la m…! Al toque, se escaparon algunas sonoras carcajadas venidas desde las bancas laterales; empero, los más devotos, disimularon sus aguantadas risotadas y las tías no cesaban de persignarse elevando sus ojos al cielo mostrando una simulada incomprensión.

-¡Je, je, je! No vis, te dije, está más zampau qu´el Mariano Chirote, que con agua´ymote s´emborracha. ¡No t´iaguantís! Reyite nomá, qu´esta misa no se celebra ni en 24 horas… vais a ver…!

Por más que sus atentos ayudantes del párroco acudieron preocupados porque el voluminoso cura se iba de pujo en pujo y no podía recobrase, una, dos tres veces seguidas; pues constantemente se empeñaba en querer recostarse, pero la inmensa guata no se lo permitía. Nuevamente intentó cogerse de algo que lo pudiese ayudar y para su mala suerte, nuevamente se topó con una esquina del mantel; la jaló con todas sus fuerzas y estrepitosamente se vinieron abajo los dos candelabros encendidos, los tres floreros, el atril, su misal y el copón lleno de vino junto con sus asustados monaguillos, haciendo un ruido de los mil demonios, pero esa abultada figura cayó, esta vez, más redonda que nunca.

-¡Ayuda, ayuda, ayuda… pa´l padre Quevedo! ¡Que s´ia roto la torocma y´está chorriando sangre a montones!

-¡Qué sangre, ni que sangreee… es el vino qu´ia chupau tuita la mañana! Ofrézcanle una bota del vino de consagración y verís como se para al momentito… y ¡Santo remedio!

-Ayuda, ayuda… ¿And´están los varones? ¡Ya pueee… que se va a desangrar el padrecito…!

Apenas escucharon la invocación de la beata mayor, un grupo de mis tíos, presurosos, corrieron hacia el altar mayor y quisieron subir todos a la vez por las gradas del estrecho pasadizo, ahora cerrado con un disimulado candado… Y solo se escucharon una lluvia de gritos desaforados buscando ingresar:

-¡No empujennn, carajo, que nos vamos  a cayer! ¡Aguanten los de atrás… Salten hermanos!

En tropel, el aguerrido grupo de voluntarios volvió a la carga y una vez más lo hicieron atropelladamente. Los de adelante no pudieron levantar las piernas a tiempo e infinidad de golpes fueron cayendo uno tras otro en el nutrido templo que ahora era un gentío bullanguero y descontrolado y esta vez las risas no se aguantaron y todo el mundo comentaba:

-¡Estos burros acomedius no saben nadita d´iorden! ¡Fila, fila, fila! Hayque sacar una reyata y agarrarlos a latigazos por zonzos y por mulasss…! ¿Cómo van a querer saltar juntos, si ni pueden levantar las patas con facilidá? ¡Corran, corriendo a llamar a la Hermiña… la curandera pueee… y que traiga mucha árnica, varias vendas y que venga con mucho anisau pa´que pueda curar a tanto burro ccoro qu´ia queriu cotimbiar en pleno templo…

-¿No te lo dije, hijito? Esta misa va ser p´arrecordarse tuita la vida… s´iesque hay misa… porque con este cura… Mañana que tenemos misa… Aunque ya s´iasentau y l´ian vendau la torocma… Maver…

-¡Abuelito, ya el padrecito ha dicho que no puede… que está muy enfermo…!

-¡Que sigue zampau, el muy ladino! ¡Yo voy a hablar con él! Maver si´amí no m´iace caso este coj… ¡Oíte, Wenceslao, tenís que celebrar esta misa… Y aurita tenís qu´iacerlo… Mirá que ya pasau tres horas y la gente está esperando… ¡Paratéee… que´n mi casa t´espera un damajuana del´de San Juan de Churunga!... No nos dececcionís… viejo sabiu y muy trejo!

Al rato se estaba celebrando la misa pa´l Negro Armando…

 

 

domingo, 9 de agosto de 2026

!QU´IOJAZOS!

 Sí, pueee…queriba que mi koro tamién seya tan devoto como l´uaviya siu su tata y tuita nuestra jamilla. Luego, luego, esa misma noche lajlariya con su mama grande pa´que lo catate dende tempranito a la fiesta del Corazón de Jesús. Sí, peee… tendriya que ser como su tata, el tata de su tata y tantos otros varones bien d´iadentro y qu´iabiyan siu los encargaus de la fiesta, dende shempre; inclusive, tuitos ellos, dende la noche anterior ayse diya teniyan qu´iapurar las bestias pa´ yir hasta las faldas del Chachani pa´conseguir el kapo tan necesario pa´las kanchaladas…

Sí, pueee…esta misma noche el kapo estariya arrumau -por un rato- en la gran tienda de sillar pircau qu´iaciya las veces de granero, almacén o depósito de la huacakara seca, las raices d´ialfalfa, la paja y tuito aquello que se juntara p´hacer arder la koncha ande se preparaba la comida y la chicha.

Y´estando ´nel sitio, vide mi tropa y´estaba completita, mi mujer, akolpachada en su mantón de Manila, mis hijos, uno, dos tres; mi nuera, esposa de m´ijo el José…Síii, allí tamién estaba ese sajrita de mi ñeto, el chanaquito. ¡Cómo habiyan pasau los años! ¡Y´astaba maltón el muy bandiu! D´iaseguro le picaban las patas, porque no paraba n´iún momentito…d´iaquí, pa´llá; d´iaquí, pa´llá; d´iaquí, pa´llá.

Yo, lo seguiya huaspiando de riojo pa´que no se dé cuenta qu´estaba shendo catiau por este su tata grande. Cuando, d´iún momento a´utro, se quedó clavau co´munestaca. Yo, también me quedé seco, asombrau por su estraño estau. ¿Qu´iabiya pasau? M´iadentró mucha curiosidá. Queriya descubrir qué cosa l´abiya pasau ayse diablillo de mil mataperradas y tal vez po´reso lo queriba tanto, pues m´iaciya recordar mis años de chilpe bandiu… y hablando de años mozos… ¿qu´estará hashendo el susodicho sajrita?

Catié d´iadenuevo no quieriendo ser destapau por nadies. Allí, junto auna canchalada en pleno fuego, estaba contemplando algo m´ijo, pero… S´iabiya quedau lelo, como s´ialgo le juese a quitar la vida…Vide pande achuntaba sus ojitos y…vaya sospresota; en el otro lau, paradita y metida en un lindo mantoncito rojo, que con la luz de la candela brillaba como si juera de purita seda. Aystaba ella, y pareciba estar cruzando sus miradas con las de mi ñeto. Claro que s´iaciya la desentendida y, de rato en rato, calculaba y buscaba ayse dueño con sus seguidas catiadas.

Tuita mi vida revolvió enún santiamén; d´iadepronto, me vi metiu en ese koro que, por primera vez, estaba quietecito y mudo. Creyo qu´el queriba soltar una sonrisa, pero aquellas miradas qu´iapareciban y desapareciban alfrente, estaban jugando entre las llamas cada vez más estiradas y callentes, iluminaban su carita, que también pareciba corresponderle.

D´iadepronto, en un´esquinita d´iaquella fogata, otros chilpes juguetones empezaban a brincar uno tras otro; sí, peee… seña qu´estaba hashendo mucho friyo. ¡Alalau! Cogí mi poncho d´ialpaca y lo acomodé en mi lomo. N´uice ningún comentario al respecto. Seguiya mirando a mi koro…de repente está enfermo…y no quiere apriocuparnos… Pero aquí tamién está su mama y su mama grande…Ellas saben más d´estas cosas; mejor me zampo una taza de Diana; anque, , m´iandicho qu´e el Ponche está pa´chuparse los dedos y con este friyo que t´iace dentrar tembladera… ¡Mejor m´ianimo por dos jarros!

Y´astavámos pa´yirnos, dispués d´iabernos mandau ponches y dianas callentitos; con una copa d´ianisau pa´los mayores. Y d´iadenuevo lo vide a mi koro contemplando a la ñeta de mi compadre Mateyo, quien, d´iaseguro, ella también s´iabiya quedau con alguna disculpa.

Prácticamente, tuvimos que catatarlo a rempujones ayse maltón qu´iaura me pareciba ese mi ñeto que tuaviya seguiya mudo y muy pensativo. Golví, otra vez, a mis años de chilpe, cuando también com´uahora, andaba enamorau com´ún burro (alm´itodo) de la doña qu´iaurita era la patrona o la mama grande. Sí, pueee, aura sí que l´iabiya impactau esa linda kora y…mejor no le digo nada de nada.

Cayeron las sombras de la noche y lo vide que se dirigiya, callau y pensativo. Teniya que, por lo menos, darle ánimo y´esplicarle que tuito el mundo pasa por esos momentos tan difíciles y que aquello de estar largos ratos metiu en saber más acerca de ella, cuántos años teniya o si ella queriya que l´acompañe pa´yir al colegio, para…

-¡Benito, hijito…¿Qué tenís? Tuita la noche te vido muspo…y´asta parece qu´ialgo tia caucau…Decíme, por amor a la Mamita de Chapi, ¿Acaso t´iagustau la vecinita?

-¡No! ¡Pa´nada!

-Pues yo te digo qu´es muy bonita…

-Solo me gustan sus ojos, que no m´ian dejau de mirarme…

-¿Solo sus ojos? Mas yo le vido tuita… D´iarriba, abajo…es una princesita.

-¡Entoce…te la regalo! Solo me gustan sus ojos…

-!Qu´iojazos! ¿Nooo?

AREQUIPEÑISMOS: basado en el Diccionario de Arequipeñismos de Juan Gmo. Carpio Muñoz

Canchalada: fogata hecha con kapo, encendida en la serenata de una fiesta

Catate: lleve usted, jale o arrastre

Catiar: atisbar, mirar de reojo

Caucau: por caucado; tocado, efectado anímicamente

Koncha: cconcha o koncha; cocina rústica hecha con adobe y barro

Chilpe: cosa pequeña, por ext. chico,

Diana: infusión típica caliente hecha con guindas y frutas

Golví: por volví

Huacakara: guano seco que sirve de combustible para las konchas

Koro: ccoro o koro, infante, pequeño

Lajlariya: por hablaría

Luaviya: por lo había

Muspo: triste, huraño, alicaído

Ñeta(o): nieta(o)

Ponche: infusión caliente del lugar hecho con cacao, castañas, almendras, canela y coco

Tuita (o): todita(o)

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