Para hablar de la lengua, esa señora entrometida que nunca pide permiso, hay que tener más cuidado que al cruzar la Av. Ejército en hora punta. Porque la muy flaca, larga y sin hueso, parece inofensiva, pero es un arma de doble filo: hoy te sirve para recitar a Garcilaso y mañana te deja como chismoso barato en la esquina de la tienda. La lengua, esa víbora triperina, se activa en suegros, vecinos y políticos en campaña, y lo peor: si te la muerdes, quedas envenenado, como quien se traga su propio veneno verbal.
Pero ojo, no
estamos hablando de la sinhueso literal, la que cuelga de los tenis del barrio
ni de la carne musculosa que se mete en problemas cada vez que abrimos el
hocico. Aquí el asunto es más fino: la lengua atribuida al Manco de Lepanto,
don Miguel de Cervantes Saavedra, que empezó como latín vulgar, se disfrazó de
romance latino, se ordenó con Fernando II, El Sabio, y terminó en castellano,
ese idioma que hoy usamos para insultar con elegancia y mandar memes con
abreviaturas que harían llorar a Nebrija.
La lengua, mi
querido choche, no es un fósil en el museo. Es un organismo vivo, cambiante,
que evoluciona más rápido que los precios del mercado San Camilo. Y mientras
más avanza, más metemos la pata: hablamos wadas, inventamos palabritas, y le
cantamos sus verdades al hijo de la vecina que tampoco domina la suya. Es
decir, un festival de errores compartidos.
Desde sus
inicios, la lengua fue ceremoniosa y confusa, mezclada con corrientes diversas
en los bajos fondos, pero también hermosa y sonora. Luego vinieron las reglas,
la gramática, los diccionarios, y aun así siguió siendo explosiva: suegra
contra nuera, novio contra esposa, varón contra varona. Y como si fuera poco,
llegaron las economías lingüísticas: abreviaturas, símbolos, acrónimos, y ahora
los emojis, que son la gramática oficial del siglo XXI.
¿Y esto tiene
solución? Pues claro que no. La inteligencia artificial, el sentido común (ese
fósil en extinción) y la desaparición del pensamiento crítico nos han dejado en
modo “mute”. Hoy se propone volver al libro, conversar, discutir, prohibir el
celular y defender argumentos como gladiadores del Coliseo. Pero claro, eso
suena tan utópico como pedir que los noticieros no exageren.
La IA, esa
prima digital que todo lo sabe, ya prevé el desmedro de la mente humana. Y no
es para menos: la usamos indiscriminadamente, como quien mete ají rocoto en
todo plato. La máquina podría terminar decidiendo que somos incapaces de
merecer seguir viviendo, porque preferirá lo exacto, lo cabal y lo completo.
Mientras tanto, nosotros seguimos peleando por si se dice “haiga” o “haya”.
Así que, para
no vivir en sobresaltos, hay que hacer un esfuerzo mundial: inclusión, respeto,
orden. Aunque sabemos que la tecnología actual es nuestra mayor preocupación,
porque en un futuro próximo nos analizará y determinará que no sabemos usar la
lengua. Y allí sí, condenados al silencio perpetuo, no por falta de palabras,
sino por exceso de estupideces mal dichas.
En resumen,
la lengua es como ese control remoto que nunca encuentras: cuando lo necesitas,
desaparece y cuando aparece, cambia de canal sin pedir permiso. Y nosotros,
pobres hablantes, seguimos atrapados entre Cervantes y el WhatsApp, entre la
gramática y el meme, entre el discurso académico y el “XD”.
La moraleja
es clara: si no cultivamos la lengua, ella nos cultivará a nosotros… como
plantas ornamentales en el jardín de la IA. Y allí sí, choche, ni el Manco de
Lepanto nos salvará del “Game Over” lingüístico.
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