Guarda aquellas aguas y aquellos ríos el horrible barquero Caronte, cuya suciedad espanta; sobre el pecho le cae desaliñada luenga barba blanca, de sus ojos brotan llamas; una sórdida capa cuelga de sus hombros, prendida con un nudo: él mismo maneja su negra barca con un garfio, dispone las velas y transporta en ella los muertos, viejo ya, pero verde y recio en su vejez, cual corresponde a un dios.
describe a Caronte como un anciano vestido con ropas sucias, de mejillas
demacradas y barba desaliñada, un barquero feroz que guía su embarcación con
una larga pértiga.[24] Caronte es frecuentemente
representado en el arte
de la Antigua Grecia en jarrones funerarios de los siglos V y
IV a. C. que a menudo están decorados con escenas de muertos en su
barca. En los primeros jarrones, parece un tosco y descuidado marinero
ateniense vestido de color marrón rojizo, tomando el palo de su barca con la
mano derecha y usando la izquierda para recibir al muerto.
Argumento:
Como todo el mundo culto (incluyéndote, de raspetón) ha leído o sabe que,
en el inframundo greco, todas –o casi todas- las almas tenían que arribar al
Hado surcando la laguna Estigia para escoger aquel lugar de su
permanencia eterna. Este conjunto de antiguos relatos, despertaron mi
curiosidad por meter mis narices en la literatura precedente a Homero, Horacio
y Cía. Pues todos daban fe de esos sucesos fúnebres. Es así que ahora intento
hacer una versión un tanto más actualizada y los invito a acompañarme en esta
fantástica aventura:
Muere Temeo, célebre discípulo de Odiseo y, el Concejo de Ancianos de
Ítaca, quiere rendirle el tributo correspondiente: lo embalsaman y lo despachan
por correo marítimo en una barquita ardiente a más no poder y toda la Isla lo
despide como corresponde, pues hasta la orilla llegan los efluvios del chancho
al palo.
Mientras tanto, Temeo, al poco rato se ve ante la presencia de un viejo
sucio cuyo olorcito lo despierta; el resplandor de las aguas inmundas e
infestadas deescubre un rostro macilento con una luega barba que le llega hasta
el pecho, donde hay un nudo de la pequeña capa raída que le cae de los huesudos
pero fuertes hombros. Al toque tiene que cubrirse la griega porque ese ser
espeluznante lo recibe con la mano izquierda y con la derecha agarra un garfio
con el que conduce la vieja barcaza, negra y maloliente. Ahora puede descubrir
al feroz barquero Queronte.
Entre las sombras de esa oscuridad infinita, apenas puede distinguir, de
rato en rato, grandes acantilados y terribles farallones de piedra que lanzan
lenguas de fuego intermitente. Al fondo, divisa tenuemente algo muy oscuro y
supone que debe ser la entrada al paraíso; porque el ingreso al averno está
cubierto de flores.
Sin embargo, aquella pértiga infernal, pareciera hundirse más a prisa y
aquella travesía se torna inaguantable por los monstruos que salen de rato en
rato amenazando con voltear la endeble balsa. Caronte, despidiendo inmensas
llamaradas por las cuencas de sus ojos, voltea a mirarlo de vez en cuando,
anunciando una fatal despedida al alma que está por dejar muy pronto en la otra
orilla.
Pero fin, el tomentoso viaje ha llegado a su destino y el viejo barquero de
todos los tiempos y de todas las almas lo obliga a bajarse, no sin antes
pedirle el óbolo o aquella moneda que el occiso debería haber llevado debajo de
la lengua.
Muy sorprendido el pasajero, la busca entre sus escasas pertenencias y en
todo su cuerpo, pero no encuentra nada. Caronte, al darse cuenta de la carencia
del óbolo no puede dejarlo; maldice una y mil veces porque ahora tiene que
volver al otro lado y eso le significa otro viaje, esperar a que tenga la
moneda y después, reiniciar sus penosas tareas que más parecen ser un castigo
interminable de Zeus y siente que sus fuerzas lo están abandonando.
OTRA VERSIÓN:
UNA ESCAPADITA
AL INFRAMUNDO
Como todo el mundo culto —y te incluyo a ti, de raspetón, aunque la máxima
incursión en tu mundo clásico sea el haber visto a Hércules de Disney, borracho un
domingo— haber leído o al menos haberlo fingido, que en el inframundo greco
todas, o casi todas las almas tenían que arribar al Hades surcando la laguna
Estigia. No había Uber, no había pasaje en clase turista, no había opción de
quedarse en el limbo por motivos personales. Era obligatorio. Muerte, balsa,
barquero malhumorado. Como la SUNAT, pero más eficiente.
Este conjunto de relatos lúgubres, fúnebres y con tufo a incienso barato,
despertó mi curiosidad de chismoso trascendental y me puse meter mis narices donde nadie me llamó: en la
literatura precedente y poscendente(?) a Homero, Horacio, Virgilio y toda esa tira
de escribidores barbudos que lo hacían solo en verso porque aún no se había
inventado la prosa decente. Todos, sin excepción, daban fe de esos sucesos
mortuorios con carácter de obligatorio, como si fueran notarios del más allá,
estando más aquí. Así que decidí hacer este viajecito incomparable; luego, los
invito a seguirme en esta fantástica aventura de bajo presupuesto y alta mortalidad
y digo así:
Muere Temeo.
Temeo, para quien no lo recuerde, jamás apareció en ningún poema épico, aunque
fue el más célebre discípulo del pilas Odiseo. No el más inteligente, no el más
valiente, no el más guapo. El más célebre en ser olvidado. Su gran hazaña en
vida fue haber aprendido hacerle nudos a las túnicas de Odiseo sin ahorcarse en
el intento y haber sobrevivido a los chismes de Penélope. Murió como mueren los
grandes hombres de Ítaca: de una indigestión por comer higos secos en mal
estado mientras esperaba que su maestro volviera de otra guerra innecesaria.
El Concejo de Ancianos de Ítaca, que no tenía nada mejor que hacer desde
que Ulises dejó de darles trabajo, decidió que había que rendirle tributo. Se
reunieron durante tres días, comieron, bebieron, eructaron decretos y
concluyeron lo obvio: había que embalsamarlo. No porque lo quisieran preservar
para la posteridad, sino porque ya olía raro desde antes de morir.
Lo embalsaman, pues. Con resina barata, mirra de oferta y un par de hojas
de laurel que le habían sobrado al cocinero. Y luego, como manda la tradición
isleña de los que no quieren pagar entierro en tierra firme, lo despachan vía
marítima. Es decir, lo acuestan en una balsa de juncos, le prenden fuego a más
no poder para que se vea bonito desde la orilla, y lo empujan al mar. Toda la
Isla lo despide como corresponde: llorando a medias, aplaudiendo a medias, y
aspirando con devoción unos efluvios inconfundibles de chancho al palo que
venían de la otra playa, donde se celebraba otro funeral que sí tenía catering
decente.
Mientras tanto, Temeo —metido en la maldita barcaza que ya se le empezaba a
quemar el trasero, porque en Ítaca hasta la muerte es con incomodidad— al poco
rato de flotar, vomitado por las olas y por el humo, se ve ante la presencia de
un espectáculo que ni Homero habría descrito sin espeluznantes arcadas.
Un viejo sucio cuyo penetrante Chanel malogrado lo despierta abruptamente
del sueño eterno. Y no es metáfora. Olía a cloaca de templo, a perro mojado del
Olimpo, a calcetín de ciclópe después de la maratón. El resplandor aceitoso de
las aguas inmundas e infestadas de almas quejosas, pañales mitológicos y
botellas de ánfora vacías; todo esto, hace que descubra un navegante de rostro
macilento, provisto de una luenga barba
que le llega hasta el pipute, donde termina en un nudo asqueroso hecho con la
pequeña capa raída que le cae desde los huesudos hombros. Ese nudo, juro, tenía
vida propia y probablemente tributaba.
Temeo, instintivamente, tiene que cubrirse la griega —entiéndase, su pudor
helénico, su poca dignidad restante— porque ese ser espeluznante lo recibe con
la mano izquierda, que le faltan tres dedos y le sobra pus, y con la derecha
agarra un garfio oxidado que lo ayuda a la conducción de la vieja barcaza,
negra, maloliente y con la revisión técnica vencida desde la Titanomaquia.
Ahora sí puede descubrir al feroz barquero: Queronte. Caronte para los amigos,
Carontito para su madre, y “¡oye, cochino!” para todos los demás.
Queronte no habla. Gruñe. Y cuando gruñe, se le caen pedazos de barba.
Entre las sombras de esa oscuridad infinita, que no es poética sino literal
porque Hades nunca pagó la cuenta de la luz, Temeo, apenas puede distinguir, de
rato en rato, grandes acantilados que parecen uñas encarnadas de los dioses y
terribles farallones de piedra que lanzan lenguas de fuego intermitente, como
si el inframundo tuviera reflujo gástrico. Al fondo, divisa tenuemente algo muy
oscuro y supone, con la ingenuidad de un provinciano recién muerto, que debe
ser la entrada al paraíso; porque en su cabeza de discípulo de segunda mano, el
ingreso al averno está cubierto de flores. Cosa cierta, si las flores son de
plástico y las venden en la puerta del panteón.
Sin embargo, aquella pértiga infernal pareciera hundirse más a prisa. No
avanza, se hunde y aquella travesía se torna inaguantable por los monstruos que
salen de rato en rato amenazando con voltear la endeble balsa. No son monstruos
de verdad, aclaremos. Son los burócratas del inframundo: la Hidra de Recursos
Humanos que te pide llenar tres formularios para poder ser devorado, el
Cancerbero que no es un perro de tres cabezas sino tres supervisores con una
sola neurona, y las Sirenas, que ahora cantan reguetón funerario y te ofrecen
planes de telefonía para el más allá.
Caronte, despidiendo inmensas llamaradas por las cuencas de sus ojos —que
más que ojos son dos carbones encendidos por falta de mantenimiento— voltea a
mirarlo de vez en cuando, anunciando con esa mirada de cobrador de combi una
fatal despedida al alma que está por dejar muy pronto en la otra orilla. Cada
mirada es un recordatorio: “Apúrate, que tengo más muertos y tú no pagas
extra”.
Y por fin, el tormentoso viaje ha llegado a su destino. Gloria a Zeus.
Aleluya. Temeo toca tierra. O lo que sea que pisen las almas: una ciénaga negra
y humeante, que suena a una inmensa masa pegajosa.
El viejo barquero de todos los tiempos y de todas las almas, con la
paciencia de un funcionario a punto de jubilarse, lo obliga a bajarse a
empujones, no sin antes estirar la mano — esa mano que ha visto morir imperios
— y pedirle el óbolo. La monedita. El sencillo. Aquel dracma miserable que el
occiso debería haber llevado debajo de la lengua, como manda la tradición, como
manda el manual del buen muerto.
Temeo se queda helado. Bueno, más helado.
Muy sorprendido el pasajero, la busca entre sus escasas pertenencias —que
son ninguna, porque en Ítaca lo embalsamaron sin bolsillos— y en todo su
cuerpo, que ya no es su cuerpo sino una idea mal embalsamada de su cuerpo. Se
mete la mano a la boca, se revisa la lengua, la campanilla, las muelas del
juicio que nunca le salieron. Nada. Se revisa la túnica. Nada. Se revisa el
alma. Menos.
Caronte, al darse cuenta de la carencia del óbolo, sufre una epifanía
trágica. No puede dejarlo. El reglamento es el reglamento. Si lo deja pasar sin
pagar, lo audita Hades. Si lo regresa, pierde tiempo. Maldice una y mil veces,
con un repertorio que haría sonrojar a Ares, porque ahora tiene que volver al
otro lado y eso le significa otro viaje completo, esperar en la cola del
Estigia a que el imbécil consiga la moneda, y después, reiniciar sus penosas
tareas que más parecen ser un castigo interminable de Zeus que un trabajo.
Y ahí está la tragedia suprema, la ironía mordaz que ni Sófocles se atrevió
a escribir: Temeo, que en vida nunca tuvo un cobre partido por la mitad, que
vivió de las sobras de Odiseo, que murió esperando que alguien le pagara lo que
le debían, resulta que en la muerte también está quebrado. Es el primer muerto
moroso de la historia.
Caronte, con las fuerzas abandonándolo, con la barca haciendo agua, con la
barba llena de algas del Estigia, lo mira y le dice, por primera vez en eones,
algo parecido a una frase humana:
-“¿Ni para morirte tienes plata, desgraciado?”
Y Temeo, con la honestidad brutal que solo da el estar ya jodido para
siempre, le responde: -“Maestro, si
hubiera tenido óbolo, no habría aceptado que me mandaran en una balsa prendida
con olor a chancho al palo.”
Y ambos se quedan ahí, varados en la orilla del todo y de la nada, dos
trabajadores precarizados del sistema mitológico, esperando que algún vivo se
apiade y les haga Yape al más allá.