Caía la tarde y aquella fuerte ventisca parecía arrastrar todo a su paso; incluyendo esos pies lentos hundidos en el polvo de la tarde de aquel párroco retraído que se dejaba ver muy poco. Se movía un tanto encorvado y, por momentos, se detenía, respiraba y trataba de enderezar esa postura cansina y enjuta como queriendo comunicar aunque sea al viento como sus campanas todo aquello que lo mantenía lamiendo en sus heridas cada día y no hallaba a quién podérselo contar. Años atrás, su prior le había encargado la menuda y escondida parroquia del pueblito metido entre la sequedad de la lejana serranía; allí, en esa capillita hecha con barro y paja; allí donde pudo llevar su sotana, sus fuertes desencantos y sus iniciales anhelos de servicio y recuperación que le ayudasen a recuperar sus lánguidos deseos de seguir viviendo, como también el poder enterrar de por vida las trágicas desilusiones que lo seguían matando de a pocos, cada noche.
Sin embargo, aquel
pueblito ignoraba que aquella alma atormentada se autoflagelada cada madrugada
hasta quedar sangrando por toda una mañana. A medio día se encaminaba a la
capilla para poder orar con toda su alma y conseguir un tantito de descanso y
tranquilidad; luego, a manera de compensación, le venían unos hambres asesinos.
Ahora, tampoco podía resistirse y ponía manos al asunto. Lo cierto era que no
tenía reparo alguno en despacharse tres fuentes de tallarines o macarrones al
hilo que él mismo preparaba con esmero y dedicación incomparables. Sí, pues, a
pesar de todo, de tanto en tanto -comentaban las beatas- dejaba entrever restos
de una recia figura debajo de esas actuales formas gruesas envueltas en una
raída sotana que pedía auxilio a gritos porque ya no resistía a su reverendo
usuario; entonces, por las noches lloraba y gemía hasta el delirio, rogando a
todos sus santos lo hagan desistir de sus aficiones desmedidas del buen diente;
siempre acompañado de un inmenso odre de cuero traído desde su España añorada. Después,
solo hallaba total consuelo escuchando su música clásica y solo así podía
acariciar el sueño sobre su tarima de palos.
Por ese
carácter tan díscolo y retraído, el pueblo le tenía poca aceptación; aunque la
menor de beatas corrió la voz que una decepción amorosa lo había cambiado hasta
obligarlo a tomar los hábitos de sacerdote y él mismo, pidió ser destacado a
una comunidad rural de los Andes. Casi no celebraba misa todos los domingos porque
era de un talante muy reacio contra las madrugadas, contra los matrimonios; y
lo peor, detestaba los bautizos porque tenía que zambullirse con las criaturas
en la pila de agua bendita. Sin embargo, cada vez que lograba era cogido metido
en su sacristía y comiendo a cuatro cachetes, siempre estaba con el odre de
vino compañero; y no era un vino cualquiera, sino aquel preparado para consagración.
Allí, acurrucado con su jarro entre manos, siempre estaba escuchando sus clásicos
predilectos; y en tales casos, cambiaba su semblante osco y renegón por otro
apacible, grato y muy apasionado.
En tales
ocasiones, llevado por su entusiasmo, al mencionarse Chopin, Wagner, Mozart,
Bach o Beethoven, entonces, se despabilaba de un salto, se ponía en pie y
parecía tomar una Cítara celestial entre sus brazos, simulando una danza, pero
sin dejar de ponderar a grandes voces la
pieza que estaba tocando; ahí mismo, se levantaba la sotana y buscaba pareja en
el aire para poder dejar en libertad a todos sus deseos reprimidas.
Pasó algún
tiempo y los muchachos del barrio intentamos -y no solamente intentamos- sino
que acordamos jugarle una broma: calculando el término de una sesión musical y terminado
todo su vino, nos presentamos de improviso dentro la sacristía. Se puso
colorado como un rocoto por la sorpresa; forzó una sonrisa y después, muy
animoso, cerró la capilla y sacó otro odre de su mejor especial traído de Chorunga; famoso por su
exquisitez y calidad propia de los dioses del Olimpo y departió como nunca.
Después de
mucho brindis, compositores y discusiones, el curita ya estaba granate y más
picante que un rocoto de huerta. Para colmo de asombro, nuestro osco sacerdote,
sacó un tercer odre y ahora pedía a gritos le consigamos una pareja. Ya no
quería escuchar música clásica, sino, él afirmaba que también conocía muchísimo
sobre música chicha, cumbia y reguetón. Su peculiar estado parecía comulgar con
muy poco, tornando esa expresión seca que alejaba a píos devotos y aficionadas
cucufatas que nunca faltaban.
De pronto, una
sórdida soledad cundió por entre el
poblado. No hubo misa por tres domingos seguidos y las campanas que repiquetean
a las diez de casi todas las mañanas, también entraron en un silencio cómplice
y absoluto. Durante ese mismo lapso los chismes se hacían más frecuentes y por
lo bajo se comentaba que incluso había desparecido a la menor de las beatas.
Aquella mujer que también se refugió en ese pueblito casi olvidado, pero, a
pesar de su tristeza, siempre se mostraba atracción por su encanto con sotana y no dejaba de preguntar en cada novena por la
salud del padrecito. Pasaron otras largas semanas y los corrillos corrían como
un reguero de pólvora, diciendo que su renegado pastor estaba poseído por sus
demonios y que se fue malito tras una postrera pasión con rumbo a la capital y
que ahora solo se les recordaba cuando a eso de las diez, sonaban aquellos
tristes tañidos de las dos campanas gritando sus gemidos.