sábado, 5 de septiembre de 2026

CAMBIO DE CANAL

 Para hablar de la lengua, esa señora entrometida que nunca pide permiso, hay que tener más cuidado que al cruzar la Av. Ejército en hora punta. Porque la muy flaca, larga y sin hueso, parece inofensiva, pero es un arma de doble filo: hoy te sirve para recitar a Garcilaso y mañana te deja como chismoso barato en la esquina de la tienda. La lengua, esa víbora triperina, se activa en suegros, vecinos y políticos en campaña, y lo peor: si te la muerdes, quedas envenenado, como quien se traga su propio veneno verbal.

Pero ojo, no estamos hablando de la sinhueso literal, la que cuelga de los tenis del barrio ni de la carne musculosa que se mete en problemas cada vez que abrimos el hocico. Aquí el asunto es más fino: la lengua atribuida al Manco de Lepanto, don Miguel de Cervantes Saavedra, que empezó como latín vulgar, se disfrazó de romance latino, se ordenó con Fernando II, El Sabio, y terminó en castellano, ese idioma que hoy usamos para insultar con elegancia y mandar memes con abreviaturas que harían llorar a Nebrija.

La lengua, mi querido choche, no es un fósil en el museo. Es un organismo vivo, cambiante, que evoluciona más rápido que los precios del mercado San Camilo. Y mientras más avanza, más metemos la pata: hablamos wadas, inventamos palabritas, y le cantamos sus verdades al hijo de la vecina que tampoco domina la suya. Es decir, un festival de errores compartidos.

Desde sus inicios, la lengua fue ceremoniosa y confusa, mezclada con corrientes diversas en los bajos fondos, pero también hermosa y sonora. Luego vinieron las reglas, la gramática, los diccionarios, y aun así siguió siendo explosiva: suegra contra nuera, novio contra esposa, varón contra varona. Y como si fuera poco, llegaron las economías lingüísticas: abreviaturas, símbolos, acrónimos, y ahora los emojis, que son la gramática oficial del siglo XXI.

¿Y esto tiene solución? Pues claro que no. La inteligencia artificial, el sentido común (ese fósil en extinción) y la desaparición del pensamiento crítico nos han dejado en modo “mute”. Hoy se propone volver al libro, conversar, discutir, prohibir el celular y defender argumentos como gladiadores del Coliseo. Pero claro, eso suena tan utópico como pedir que los noticieros no exageren.

La IA, esa prima digital que todo lo sabe, ya prevé el desmedro de la mente humana. Y no es para menos: la usamos indiscriminadamente, como quien mete ají rocoto en todo plato. La máquina podría terminar decidiendo que somos incapaces de merecer seguir viviendo, porque preferirá lo exacto, lo cabal y lo completo. Mientras tanto, nosotros seguimos peleando por si se dice “haiga” o “haya”.

Así que, para no vivir en sobresaltos, hay que hacer un esfuerzo mundial: inclusión, respeto, orden. Aunque sabemos que la tecnología actual es nuestra mayor preocupación, porque en un futuro próximo nos analizará y determinará que no sabemos usar la lengua. Y allí sí, condenados al silencio perpetuo, no por falta de palabras, sino por exceso de estupideces mal dichas.

En resumen, la lengua es como ese control remoto que nunca encuentras: cuando lo necesitas, desaparece y cuando aparece, cambia de canal sin pedir permiso. Y nosotros, pobres hablantes, seguimos atrapados entre Cervantes y el WhatsApp, entre la gramática y el meme, entre el discurso académico y el “XD”.

La moraleja es clara: si no cultivamos la lengua, ella nos cultivará a nosotros… como plantas ornamentales en el jardín de la IA. Y allí sí, choche, ni el Manco de Lepanto nos salvará del “Game Over” lingüístico.