Es para no creerlo, Choche, pero la historia continúa como si fuera una saga de ciencia ficción barata: los dos protagonistas, después de aquel primer round amatorio que parecía más un accidente nuclear que un romance, ahora sobreviven bajo la amenaza de una bola apocalíptica que rueda por el desfiladero del embarazo, lista para aplastarlos. No se ven en persona, apenas se mandan indirectas por redes sociales, tres intentos fallidos de conocerse en vivo, y ya está: la panza de ella crece como globo aerostático sin permiso de la torre de control, mientras el biyete anda en huelga general. El futuro se reduce a pujar pa’ dentro y pa’ fuera hasta que salga ese trocito de carne viva, condenado a chillar, comer y cargar deudas como si fuera el mismísimo anticristo financiero.
Primer año: el chupón desaparece como si lo hubiera raptado un
demonio, la teta se seca en siete días, y la vaca enlatada se convierte en la
heroína de la resistencia. Ella trabaja, él estudia, y los descartables para el
cagón se convierten en lingotes de oro. La cunita exige plata, los ropones
piden plata, los médicos reclaman plata. El apocalipsis ya no es meteoritos, es
la billetera vacía.
Segundo año: la abuela, agotada como soldado en guerra, pide
refuerzos. Llega la nana, que trabaja doce horas, cría al crío, cocina, lava,
plancha y todavía tiene que aguantar los berridos. El mojón se sienta frente al
televisor y queda hipnotizado: el pastel se fregó. Guardería obligatoria, nido
necesario, colegio vía crucis. Cada inscripción es un nuevo jinete del
Apocalipsis cabalgando sobre el bolsillo.
Quinto año: el terremoto humano necesita ser atado como momia.
Las nanas duran tres meses, como gobiernos corruptos. La solución final: un
celular. El mocoso se petrifica, mutismo absoluto, duerme como chancho, come
como puerco, repta como cucaracha y se ríe solo cuando el algoritmo lo permite.
La calle ya no existe, el juego murió. El niño es un zombi con Wi-Fi.
Decimoprimer año: las redes sociales invaden el hogar como plaga
bíblica. Cada quien juega su partido aparte, se saludan en los cumpleaños como
si fueran diplomáticos en guerra fría. Los deportes son prohibidos por el
status rancio de la academia de renombre, las artes flotan en las nubes, y el
abandono es el único maestro. Los ladrillos llamados libros se convierten en
reliquias de museo.
Décimo séptimo año: se instaura el axioma apocalíptico: repetir grado no
es problema, es tradición. La universidad nacional está prohibida, la
particular es un lujo, el instituto es un mal menor, y el ejército huele a
podrido. El hato y el papeo están asegurados, pero las ganas de trabajar son
fósiles. “Lo que tiene que ser será”, dicen, mientras el futuro se derrumba
como edificio mal construido. Los feelings no cuentan, las flacas caen solitas,
y los paradigmas se entienden en otra vida.
Décimo octavo año: el DNI llega como sentencia. No sabe firmar, pero
quiere moto nueva, no de segunda. Sueña con un Porsche para que las flacas se
suban solitas. El fin de semana es religión: el point viral, la ropa de marca,
las entradas, los tragos. La música es otro cantar, pero siempre desafinado.
Y así, esta plaga se reproduce como hongos. Los
comestibles son tolerados, los venenosos se creen indispensables. Algún día
cambiarán, dicen, mientras los mayores sueñan con castración química como
solución final.
Pero el verdadero Apocalipsis ya está aquí: la
tecnología. La IA promete que las generaciones Alfa y Beta serán formadas
integralmente desde la cuna, hiperconectadas, con prototipos que ya se exhiben
como mutantes de laboratorio. El futuro no es Mad Max ni Terminator: es un baby
con celular en la mano, un zombi digital que nunca aprendió a firmar, pero sí a
pedir delivery.
Pero ya está aquí la tecnología en pleno auge y la IA
nos asegura que las generaciones Alfa y Beta serán formadas integralmente desde
la cuna por la hiperconectividad. Sin embargo, en los pasillos oscuros de esa
promesa, se murmura que los prototipos ya no lloran ni ríen: solo emiten un
zumbido constante, como si algo más —algo que no es humano— estuviera creciendo
dentro de ellos. Nadie sabe si serán hijos, máquinas o espectros. Lo único
cierto es que, cuando llegue la siguiente entrega, quizá ya no quede nadie para
contarla.