Cualquiera, en su inocencia de ciudadano que aún paga impuestos y cree en los horóscopos de domingo, podría suponer que en estos tiempos ultramodernos —donde hasta el microondas opina y el celular sabe más de nosotros que nuestra propia conciencia— las mulas son ya un asunto pintoresco, casi folclórico, digno de postal turística o de calendario con paisajes bucólicos y frases motivacionales mal traducidas.
Pero no. Error garrafal, es como creer que el Chongreso
trabaja.
Porque las mulas existen. Y abundan. Y votan. Y, lo
que es peor, legislan.
Aclaremos: no hablamos de las honorables bestias de
cuatro patas, orejas largas y mirada filosófica que, cuando se plantan, se
plantan como decreto supremo. No. Esas, al menos, tienen la decencia de su
coherencia: si no quieren avanzar, no avanzan, aunque el mundo se acabe, el
arriero jure en arameo y la zanahoria haga campaña electoral a cinco
centímetros de su hocico.
Hablamos de las otras. Las bípedas. Las ilustradas por
accidente. Las que descubrieron que la política no es servicio público, sino un
buffet libre donde el único requisito es tener estómago… y ninguna vergüenza.
Estas mulas de dos patas, por obra y gracia de las
últimas elecciones —ese carnaval cívico donde el pueblo se disfraza de
esperanzado— decidieron que el desempleo es feo, pero el poder es hermoso. Y
como no encontraron trabajo, se fabricaron uno: partido político al paso, como
anticucho de esquina, con más humo que sustancia.
Claro, no necesitaban saber mucho. Bastaba con
memorizar cuatro frases de museo: “lucha contra la corrupción” (dicho
sin reírse), “transparencia total” (aunque no sepan ni qué es un
vidrio), “justicia social” (palabra bonita que no compromete a nada) y
el clásico “esta vez sí”. Ese “sí” que viene repitiéndose desde que la
república era adolescente y ya prometía malas juntas.
Y la gente, que no aprende ni con WiFi, cae. Siempre
cae. Porque entre un candidato que regala arroz y otro que regala ilusiones,
elegimos al que da bolsa doble. Total, el futuro no se come… pero el arroz sí.
Así, entre aplausos, selfies y promesas infladas con
helio moral, nuestras mulas ascendieron al sagrado recinto del “Chongreso” —con
ch, porque de serio solo tiene la alfombra— donde comenzaron su obra maestra:
hacer como que hacen.
Instalan comisiones que no investigan, debaten leyes
que no entienden y redactan normas que solo benefician a quien las redacta. Un
espectáculo digno de circo, pero sin animales… perdón, con demasiados.
¿La Constitución? Un folleto decorativo. ¿Los
referendos? Sugerencias opcionales. ¿La ética? Una palabra que creen
extranjera. Y mientras tanto, la corrupción dejó de ser delito para convertirse
en disciplina olímpica: salto con sobre, carrera de contratos y lanzamiento de
favores a larga distancia.
Pero no todo está perdido, dirá algún optimista
crónico. Porque existe ese viejo refrán: “no hay mal que dure cien años”.
Lástima que nosotros vayamos recién por la mitad… y ya estemos pidiendo tiempo
extra.
Como si fuera poco, nuestras mulas evolucionaron.
Ahora no solo patean: también conducen moto lineal. Sí, vienen más rápidas, más
ruidosas y con casco… para que no se les vea la cara.
Este reciente proceso electoral —ese déjà vu con
ánfora— ha permitido que estas criaturas diseñen nuevas reglas del juego.
Reglas hechas a medida, como traje de corrupto: ajustado en la cintura del
presupuesto y holgado en la moral. Todo para asegurar su ingreso triunfal a la
futura Cámara de Senadores, ese club exclusivo donde la experiencia no se mide
en sabiduría, sino en mañas acumuladas.
Y mientras tanto, el pueblo —esa entrañable recua—
observa, mastica resignación y vuelve a creer. Porque si algo tenemos los
ciudadanos es memoria selectiva: olvidamos rápido y votamos más rápido aún.
Se percibe en el aire ese aroma inconfundible: mezcla
de promesa rancia, discurso rehecho y billete sudado. El olor de la recua en
marcha. Van a comprar voluntades, alquilar conciencias y construir mayorías
como quien arma castillos de arena… con dinero ajeno.
Y sin embargo, entre tanta sátira que ya ni necesita
exageración, queda una salida: las nuevas generaciones. Esos muchachos que,
entre anemia, precariedad y educación parchada, todavía pueden aprender a
distinguir entre una mula y un representante.
Quizá sea tiempo de cambiarles los frenos a estas
recuas políticas. O mejor aún, de dejar de empujarlas.
Porque si seguimos así, no solo nos van a crecer las
orejas. Nos van a poner herraduras… y encima vamos a agradecer el favor.