Era domingo, pero tenía alma de miércoles. Un domingo podrido, de esos que no deberían existir.
Anoche salí a estirar las patas. Quería patear mi mala suerte, esa perra sarnosa que me siguió toda la semana. Había terminado un día de trabajo tan pésimo que ya me sentía un muerto en vida. Todo empezó esta oscura madrugada, cuando me levanté con el pie izquierdo y vi al gato. Un par de luces fosforescentes que se perdían en la inmensidad de la noche, pero antes de irse, lanzó un maullido. No fue un maullido. Fue un lamento profundo, largo, humano. Como si a alguien le estuvieran arrancando el alma en el infierno y ese quejido hubiera encontrado la garganta del animal para salir.
Esa sombra me quedó dando vueltas en la cabeza. Aún, así caminé. Decidí irme a pie hasta mi jato, aunque para eso tuviera que bordear el cementerio de la ciudad. El aire ya olía a noviembre. A tierra removida y a cera quemada. Justo antes de llegar al Campo Santo, vi los restos. Coronas florales marchitas de los entierros de la semana, cintas descoloridas que decían DESCANSA EN PAZ, pétalos negros pisoteados en el barro. Las luces de la avenida morían ahí. Más allá, solo la tapia alta y la boca negra del portón principal, entreabierta. Y entonces las vi. No. Las sentí primero. Sombras embozadas, agazapadas en la oscuridad espesa, pegadas a la pared. No se movían. Respiraban. O hacían como que respiraban. Una de ellas se desprendió de la pared y en un segundo la tuve encima.
Unas manos heladas, huesudas, con uñas largas me tomaron por el cuello. No eran manos de asalto. Eran manos que no querían robarme, querían hundirme. Me apretaron la tráquea hasta que mis ojos se llenaron de puntitos de luz. No pude gritar. No pude respirar. Sentí el crujir de mi propia garganta y luego, nada. Un telón negro, espeso y definitivo.
No sé cuánto tiempo pasó.
Cuando volví en mí, intenté abrir los ojos. Los abrí. Y no vi nada. Una oscuridad absoluta, total, que pesaba sobre las pupilas. El aire olía a encierro, a madera vieja humedecida y a tierra mojada. A flores podridas. Quise incorporarme y alcé los brazos por instinto. Toqué algo duro. Frío. Muy frío. Una tapa a centímetros de mi cara. Madera forrada por dentro con un satén asqueroso y húmedo. Intenté sentarme de golpe y mi frente chocó con esa misma tapa con un golpe seco. El dolor me devolvió una chispa de lucidez. Entendí. Estaba dentro de un cajón. No enterrado. Aún no. Estaba dentro de un nicho. Podía sentir las paredes de cemento a los lados, el fondo de ladrillo raspando mi espalda. Me habían metido en un nicho vacío, o que creyeron vacío. El pánico me hizo arañar. Arañé la madera, el cemento, me rompí las uñas. Empujé la pequeña reja metálica que sella los nichos. La reja chirrió, se quejó como un animal herido, como si no quisiera dejarme salir. Como si disfrutara tenerme adentro.
A empellones, a patadas, con el hombro dislocado del esfuerzo, logré reventarla. El metal oxidado me rasgó la camisa, me abrió la piel de los brazos. Salí como pude, cayendo de espaldas al pasto del cementerio. Quise correr. Pero mis manos solo tocaban cruces. Cruces frías, de fierro, de mármol, de madera carcomida. Cruces y más cruces, todas a la misma altura de mi cara. Me había caído en el pabellón de los niños. Me levanté tambaleante. Un viento helado, antinatural para esa noche sin viento, me cruzó la cara y me terminó de despertar. Ya podía ver, a medias. Largas hileras de mausoleos que parecían dientes podridos, pasadizos estrechos ahogados por buganvillas y enredaderas que me agarraban los tobillos como manos. Llegué a un callejón tan angosto que tenía que ir de lado.
Y entonces los escuché.
Al principio fue el viento. Después entendí que no era viento. Eran quejidos. Lamentos. Miles de llantos desconsolados, superpuestos, que no venían de una garganta, venían de debajo de la tierra. Voces que clamaban ayuda, que pedían agua, que llamaban a sus madres. Voces de gente que sabía que nadie vendría a sacarlos. El cementerio entero lloraba en el Día de Difuntos, y yo estaba en medio de su coro. Corrí. Tropecé. En la carrera choqué de frente con la punta de una cruz metálica, de esas de fierro forjado que ponen en las tumbas olvidadas. La punta se me incrustó justo debajo de la clavícula, a un dedo del corazón. Sentí el metal frío entrar, el calor de mi sangre salir. No grité. No me quedaba aire para gritar. Me zafé dejando un pedazo de mí en esa cruz. Di un paso más, uno solo, buscando la salida, y el suelo me faltó. No había suelo. Era una fosa. Una fosa abierta, recién cavada para el entierro de mañana. Profunda, negra, con olor a lombriz y a hueso húmedo. Caí. Caí y seguía cayendo, interminablemente, mientras las paredes de tierra me rozaban la cara y las raíces me azotaban como dedos. No recuerdo nada más. Mucho después, o quizá al amanecer, escuché voces arriba. Voces vivas, de gente normal. Que discutían, que se horrorizaban. "¡Sepulturero! ¡Sepulturero, venga!" Habían encontrado algo. Un hallazgo macabro, decían, justo en el Día de Difuntos.
Abajo, en el fondo de la fosa, con una cruz de fierro clavada en el pecho y
la ropa hecha jirones, había un cuerpo. Con los ojos abiertos de par en par,
llenos de tierra. Y en su rostro, congelada para siempre, la expresión exacta
de alguien que entendió, demasiado tarde, que esa noche no había sido asaltado
por ladrones. Sino reclamado por los muertos.