Ser cholo en el Perusalem contemporáneo es como tener un pasaporte a la contradicción: un deporte nacional más practicado que la pichanguita de fin de semana y más rentable que vender anticuchos en la puerta del Estadio Nacional. Porque aquí, querido lector, ser cholo no es cuestión de genética ni de historia, sino de saldo bancario. Basta con que el marroncito saque tarjeta de crédito y ¡chazzz!, se convierte en “ciudadano premium”. El color se lava con Visa, se blanquea con Mastercard y se perfuma con dólares.
El choliforniano promedio vive con la pica-pica a flor
de piel. Apenas ve que el vecino se compró una bici, le sale el Drácula blanco
interior y lo empuja, “sin querer queriendo”, como si fuera sketch de
Cantinflas pero con odio racial incluido. Si no logra tumbarlo, se tapa la
nariz, no por el olor, sino por miedo al contagio de la timidez marrona. Y si
todo falla, lo señala a cuatro cuadras de distancia como si fuera un semáforo
humano: “¡Cuidado, espécimen amarronado en la vía pública!”.
El caso más patético es el del fulano que decidió
alquilarse una blancura de temporada: se embadurna con cremas, pomadas y
ungüentos hasta parecer un tamal embarrado con mayoneza. Camina así orondo por
la residencial; dejando tras de sí una estela cremosa, como si fuera su fantasma
de Nivea. Apenas logra dar dos pasos y ya necesita esconderse detrás de un
árbol para que no lo descubran los falsos rubios que juran habitar las clínicas
dermatológicas, los spas y los saunas. Esos rubios de utilería que creen que la
piel se compra en cuotas y que la dignidad se consigue con un cm de maquillaje
encima.
Pero claro, esa fachada alquilada es efímera. El sol
peruano no perdona: te derrite la crema, te devuelve el marrón original y te
recuerda que tu verdadero color no se borra ni con ácido muriático. Entonces,
los altos mandos del “Instituto de Blanqueamiento Social” han concluido que la
única solución es el factor moneytario. El dinero es el nuevo tinte
racial: convierte cholos en “señores”, marrones en “caballeros”, y campesinos
en “emprendedores con visión global”.
La Conquista dejó cicatrices, sí, pero el
neoliberalismo las convirtió en negocio. Los medios dictan que el paradigma de
perfección es el blanquito derrochador, con sucursales en cada esquina y un
Audi alquilado para la foto. El cholo con plata ya no es cholo: es “empresario
emergente”, “visionario de la puna”, “líder de opinión en Instagram”.
Mientras tanto, los que quedaron en el otro bando
siguen subsistiendo con cachuelos, reemplazos y chambitas esporádicas. La olla
se llena a media caña, la ropa de marca es de tercer uso y los tenis son de
quinta. Pero igual hay que aparentar: porque en este país hasta la pobreza
tiene que disfrazarse de boutique. El cholo pobre se pone un polo deshilachado
con logo fantasma y sueña que algún día será invitado a un cóctel donde sirvan
canapés que no sean de cuy.
La tragedia es que ambos bandos se miran con
desprecio. El cholo con plata reniega de su origen como si fuera pecado mortal.
Se blanquea la foto del DNI, se cambia el apellido para sonar europeo y se
compra un perro de raza para que ladre en inglés. El cholo pobre, en cambio, lo
observa con una mezcla de envidia y rencor, pensando que algún día también
podrá alquilarse un poco de blancura, aunque sea por horas.
En resumen, este fenómeno es tan racional como
absurdo: un país donde el color de piel se mide en soles, donde la identidad se
maquilla con cremas importadas y donde la dignidad se alquila por temporada.
Aquí, ser cholo no es cuestión de sangre ni de historia: es cuestión de
billetera. Porque, como dicta la máxima cruel y humorística de Perusalem:
“Cholo con plata; no es cholo. Cholo sin plata;
tampoco es nadie.”