Dejamos a un lado las usuales invocaciones a través de médiums, pues como siempre, estamos un paso adelante y chapamos una reciente IA denominada POSTP2 y logramos chapar, al vuelo, algunos mensajes de último aliento, dictados o redactados, justo antes de abandonar este Valle de pendexos, dejando un encargo a esas almitas nobles, puras y un poco santas de todos sus enemigos, aquellas maldiciones, bajos deseos o juramentos que, una vez publicados, les harán vivir el resto de su vida a cuadritos, esperando que nunca consigan la tranquilidad eterna en su cajón o en su covacha. Aquí vamos:
DEL SORDO DE BONN
Señora
Antoine
Brentano
Mi queridísima Antoine, viuda precoz, musa tardía y
destinataria de mis desvaríos craneales:
Te escribo desde la postrera trinchera de mi piano, este
monstruo de madera que vibra más que las paredes de Viena cuando pasa un
carruaje gigantesco por el empedrado. Imagínate la escena: yo, enano y
macrocéfalo, pero genio musical, al fin; con la cabeza tan grande que podría
servir de globo aerostático para cruzar el Danubio, y con los oídos tan
inútiles que ni un cañón disparado a dos metros me haría pestañear. Tan sordo
como una tapia, sí, pero no derrotado: he descubierto que, si muerdo una
varilla de madera conectada al piano, las vibraciones me llegan a la dentadura
y, milagrosamente, escucho. ¡Qué ironía! El genio musical reducido a un roedor
melódico, masticando tablillas para enterarse de su propia sinfonía.
Mi médico, ese aguafiestas con bata, me diagnosticó
“engrosamiento craneal”. ¡Qué manera tan elegante de decir que mi cabeza es un bombo
desafinado! Según él, la presión me dejará más sordo que una campana rota. Yo
le respondí con mi mejor sarcasmo: “¡Perfecto! Así no tendré que escuchar
tus sermones sobre dieta saludable”. Porque, queridísima y amantísima
Antoine, yo solo como huevos pasados y bebo vino como si fuera agua bendita. Panzón
como un globo, sí, pero un globo musical que flota sublime entre sonatas y
misas solemnes.
Hablando de obras, permíteme presumir con la modestia
que me caracteriza (es decir, ninguna): mi ópera Fidelio es todo un
canto a la libertad, aunque yo mismo esté prisionero de mi sordera. Mis
sonatas, esas criaturas caprichosas, nacen de mis dedos gordos y torpes, que
parecen salchichas vienesas intentando bailar sobre las teclas. La Novena
Sinfonía, esa orgía coral, la compuse sin escuchar ni fa, confiando en que
los ángeles me dictaban las notas mientras yo mordía mi varilla como un perro
con hueso. Y mi música sacra… ¡ah, Antoine! Si Dios existe, debe reírse a
carcajadas cada vez que me ve dirigir un coro sin saber si cantan o ladran.
Tú, mi viuda adorada, eres la única que podría
comprender la tragicomedia de mi existencia. Imagínate: un hombre que se
enamora profundamente, pero cuya declaración amorosa suena como un gruñido de
oso porque no oye su propia voz. Si alguna vez te dije “te amo”, probablemente
salió como “te hamo” o “te limo”. ¡Qué espectáculo! Y sin embargo, tú me
mirabas con esos ojos de compasión que convertían mi ridículo en epopeya.
No creas que me quejo. Al contrario, me regodeo en mi
desgracia. ¿Quién más puede presumir de haber compuesto himnos inmortales
mientras se alimentaba exclusivamente de huevos blandos y vino barato? ¿Quién
más puede morir con la barriga inflada y la cabeza como un planeta, y aun así
dejar a la humanidad cantando “¡Alegría, alegría!” en la Novena? Yo, Antoine,
yo. Tu bufón divino, el payaso sin oído, el titán con dentadura vibrante.
Y cuando llegue el final —porque todo final merece su
teatro— imagino la escena: yo, rodeado de papeles manchados de vino, con mi
secretario llorando como si fuera la protagonista de un melodrama barato.
Entonces, con mi último aliento, pronunciaré la frase que ya tengo ensayada: “Aplaudid,
amigos, comedia finita est”. Chau. Así, con un chau musical, como quien
cierra la puerta del más Famoso Teatro con un amor declarado al final de la
obra y musitado solo a tu sensible y amoroso oído.
Querida Antoine, si alguna vez dudas de mi amor,
recuerda que cada nota que escribí fue un intento desesperado de hablarte.
Aunque mis oídos se cerraron, mi corazón gritaba más fuerte que cualquier coro.
Y si la posteridad me recuerda como un gordo macrocéfalo que mordía palos para
escuchar su piano, que así sea. Al menos tú sabrás que detrás de la caricatura
había un hombre que te amaba con la misma intensidad con que bebía su vino.
Tu eterno sordo, Ludwig van Beethoven
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