(Se enciende
la luz, yo entro con bata blanca y nariz postiza de payaso)
—¡Buenas
noches! Hoy vamos a hablar de la cirugía plástica… esa noble ciencia que
convierte arrugas en cheques y papadas en pelícanos jubilados. Porque, seamos
sinceros, aquí nadie quiere parecerse a su abuela, salvo que la abuela tenga
contrato con Netflix.
Miren, la
rinoplastia es el clásico: millones de narices que parecen picos de cóndor
cruzados con hachas medievales. ¡Un ángulo de 90 grados capaz de cortar el
mestizaje en dos! Y claro, uno sale del quirófano con nariz griega… pero griega
de tragedia, porque el aire ya no entra ni con GPS.
Y la papada…
¡ay, la papada! Esa bolsa que nos da el look de pelícano tragando lobos
marinos. Yo digo: si la papada hablara, pediría sindicato.
Pasemos al
pecho: ahí la cosa se pone seria. La ginecomastia y la mastectomía son como el
casino: todo depende de cuántos verdes tengas en la billetera. Pero cuidado,
que hay prótesis tan duras que un sacudón de mamas puede dejarte con trauma
craneal. ¡Eso sí es defensa personal!
Ahora, la
parte trasera… el keke, el derrier, la colita. ¡Ah, ese territorio tan deseado!
Algunos necesitan dos manos para levantarlo, otros se ponen calzones con
aumento, y los más creativos pantalones que hacen milagros. Pero ojo: hay
traseros tan tímidos que prefieren quedarse en casa antes de exponerse a una
pasada de huaype. ¡Y con razón, porque esa práctica solo
queda en el código penal!
Y al final,
con tanto bisturí, tanto relleno y tanta prótesis, vamos a terminar todos
iguales: un ejército de clones con sonrisa estándar y trasero de catálogo.
¡Imagínense la fiesta! Nadie sabrá quién es quién, y el DJ tendrá que anunciar:
“¡Parejas al azar, porque todos tienen el mismo cacharro y dan la misma
sensación!”
(Se apagan
las luces, yo grito al público)
—¡Te apuesto,
Choche, que la próxima vez ni tu mamá te reconoce!
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