domingo, 28 de diciembre de 2025

NOCHE BUENA VENIDERA

Queridos amigos:

Con el paso acelerado de la tecnología, quizá dentro de muy poco, en lugar de iniciar un relato con la clásica frase: “Había una vez…”, bastará con pedir a la asistente virtual más cercana que nos regale un cuento. Y entonces, como un milagro moderno, aparecerá un delicado holograma que parpadea con luces iridiscentes, ya sea Alexa, Siri, Cortana, Bixby, Sara o la más avanzada del momento, para decirle: “Querida, crea el cuento más hermoso de Navidad bajo estos sencillos parámetros…”. Ella, que ya conoce nuestros pensamientos y emociones, en un instante desplegará una cortina musical angelical y, con voz suave y melodiosa, narrará como si acariciara el oído más sensible:

“Nos situamos en un tiempo cercano al 2025… Entramos en un hogar sencillo, la madrugada del 25 de diciembre, cuando todos parecen dormir. Allí, en un rincón preparado con amor, se levanta un Misterio: la Sagrada Familia bajo una argentada estrella de Belén que ilumina una escena siempre esperanzadora. Mientras tanto, en los niveles inferiores, gracias a la IA, la música de una flauta invisible acompaña la fe renovada de todos los presentes, quienes, como nunca, celebran con viva alegría ser parte de este instante eterno.

De pronto, se siente que el Niño Jesús llora desesperado buscando alimento; la Virgen Madre, primeriza y con ternura infinita, lo acuna con brazos temblorosos; San José, el padre recién estrenado, se mueve de un lado al otro y se esfuerza por encontrar solución en medio de la noche. El burrito, distraído, mordisquea la paja de la cuna, mientras la vaca, protectora, lanza un mugido que sorprende a todos y, por un momento, calma al pequeño:

Cuida tus pasos, compañero de largas orejas —le dice con cariño la vaca al burro—, no vayas a incomodar al Niño que descansa….

El burro responde con inocencia, sin comprender del todo, y la escena se llena de un murmullo de voces que, aunque distintas, buscan armonía.

María, con dulzura, pide a José que intervenga. Él, con paciencia, sonríe y explica que intenta espantar las moscas de la cunita, mientras reconoce que el Niño tiene hambre porque la despensa está vacía.

En las alturas celestiales, los ángeles acompañan con cánticos suaves, y en la tierra, los animales y adornos del pesebre, cobran vida y se contagian de la alegría. Cada uno quiere expresar su júbilo, aunque el bullicio amenaza con romper la calma.

Entonces, San José, con firmeza serena, alza su cayado tres veces y el nacimiento entero parece vibrar. Con voz clara declara:

—Este es un día memorable, destinado a ser recordado por siempre. No confundamos la fiesta con desorden: organicemos nuestras voces para que cada uno aporte lo mejor de sí, y así honremos al Niño que nos ha nacido.

María lo mira con sorpresa y ternura, descubriendo en él una fuerza que no había imaginado. Poco a poco, la algarabía se transforma en orden, y los presentes se acomodan con respeto, conscientes de que la ocasión merece solemnidad.

Las horas avanzan y, al despuntar el amanecer del 26, el árbol de Navidad comienza a mecerse suavemente. La paloma, atenta, pregunta qué sucede, y el árbol, con voz emocionada, reclama:
—¡Mis bolas! ¿Dónde están mis bolas? Sin ellas me siento incompleto, desnudo de mi esencia.

Una caja de regalo, ajustando su cinta roja, responde con dulzura:

—No te preocupes, buen árbol. Tus adornos son símbolos, pero tu verdadera belleza está en tu raíz y en tu luz.

El árbol, conmovido, recupera su porte y replica con dignidad:

—Ellas representan mi naturaleza y me dan prestancia. Que vuelvan a su sitio, y juntos, mañana por la noche, cantaremos villancicos y celebraremos la vida que renace.

Y así, todo volvió a la calma. El dueño de casa, en su dormitorio, se arropó con la cobija y, entre sueños, dejó que la ilusión de la Navidad lo envolviera nuevamente, como un abrazo cálido que nunca se extinguirá...”

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