Queridos amigos:
Con el paso
acelerado de la tecnología, quizá dentro de muy poco, en lugar de iniciar un
relato con la clásica frase: “Había una vez…”, bastará con pedir a la
asistente virtual más cercana que nos regale un cuento. Y entonces, como un
milagro moderno, aparecerá un delicado holograma que parpadea con luces iridiscentes,
ya sea Alexa, Siri, Cortana, Bixby, Sara o la más avanzada del momento, para
decirle: “Querida, crea el cuento más hermoso de Navidad bajo estos
sencillos parámetros…”. Ella, que ya conoce nuestros pensamientos y
emociones, en un instante desplegará una cortina musical angelical y, con voz
suave y melodiosa, narrará como si acariciara el oído más sensible:
“Nos situamos en un
tiempo cercano al 2025… Entramos en un hogar sencillo, la madrugada del 25 de
diciembre, cuando todos parecen dormir. Allí, en un rincón preparado con amor,
se levanta un Misterio: la Sagrada Familia bajo una argentada estrella de Belén
que ilumina una escena siempre esperanzadora. Mientras tanto, en los niveles
inferiores, gracias a la IA, la música de una flauta invisible acompaña la fe
renovada de todos los presentes, quienes, como nunca, celebran con viva alegría
ser parte de este instante eterno.
De pronto, se
siente que el Niño Jesús llora desesperado buscando alimento; la Virgen Madre,
primeriza y con ternura infinita, lo acuna con brazos temblorosos; San José, el
padre recién estrenado, se mueve de un lado al otro y se esfuerza por encontrar
solución en medio de la noche. El burrito, distraído, mordisquea la paja de la
cuna, mientras la vaca, protectora, lanza un mugido que sorprende a todos y,
por un momento, calma al pequeño:
—Cuida tus
pasos, compañero de largas orejas —le dice con cariño la vaca al burro—, no
vayas a incomodar al Niño que descansa….
El burro responde
con inocencia, sin comprender del todo, y la escena se llena de un murmullo de
voces que, aunque distintas, buscan armonía.
María, con dulzura,
pide a José que intervenga. Él, con paciencia, sonríe y explica que intenta
espantar las moscas de la cunita, mientras reconoce que el Niño tiene hambre
porque la despensa está vacía.
En las alturas
celestiales, los ángeles acompañan con cánticos suaves, y en la tierra, los
animales y adornos del pesebre, cobran vida y se contagian de la alegría. Cada
uno quiere expresar su júbilo, aunque el bullicio amenaza con romper la calma.
Entonces, San José,
con firmeza serena, alza su cayado tres veces y el nacimiento entero parece
vibrar. Con voz clara declara:
—Este es un día
memorable, destinado a ser recordado por siempre. No confundamos la fiesta con
desorden: organicemos nuestras voces para que cada uno aporte lo mejor de sí, y
así honremos al Niño que nos ha nacido.
María lo mira con
sorpresa y ternura, descubriendo en él una fuerza que no había imaginado. Poco
a poco, la algarabía se transforma en orden, y los presentes se acomodan con
respeto, conscientes de que la ocasión merece solemnidad.
Las horas avanzan
y, al despuntar el amanecer del 26, el árbol de Navidad comienza a mecerse
suavemente. La paloma, atenta, pregunta qué sucede, y el árbol, con voz
emocionada, reclama:
—¡Mis bolas! ¿Dónde están mis bolas? Sin ellas me siento incompleto, desnudo
de mi esencia.
Una caja de regalo,
ajustando su cinta roja, responde con dulzura:
—No te preocupes,
buen árbol. Tus adornos son símbolos, pero tu verdadera belleza está en tu raíz
y en tu luz.
El árbol,
conmovido, recupera su porte y replica con dignidad:
—Ellas representan
mi naturaleza y me dan prestancia. Que vuelvan a su sitio, y juntos, mañana por
la noche, cantaremos villancicos y celebraremos la vida que renace.
Y así, todo volvió
a la calma. El dueño de casa, en su dormitorio, se arropó con la cobija y,
entre sueños, dejó que la ilusión de la Navidad lo envolviera nuevamente, como
un abrazo cálido que nunca se extinguirá...”
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