viernes, 8 de diciembre de 2017

VINO CON YAPA

Queridos Bobys: ¡Efectivamente, este fue, es y será un maldito perro mundo!
Y con esto, no solo quiero referirme a las perradas ´ocasionales´ de nuestros choches: sablazos sin compromiso de pago, cuentas pendientes a tu nombre, vales por cinco joncas con tu firma, cachos en el horizonte cercano o abandonos inesperados durante las fugas de perro muerto; sino, también, aquellas dentelladas que te da  esta perra vida y te arrancha pedazos de alma, como: que te boten del trabajo por pequeñas faltas, como llegar todos los días a las 11, debiendo ingresar a las 7 en punto de la mañana, que tu hembra te exija conocer a sus padres después de 7 años de servinacuy, que tus viejos tímidamente te aconsejen (en la tarjeta de cumpleaños) conseguir una chambita… porque acabas de cumplir los 40 o peor, caso desesperado, que te rueguen darte un baño al mes porque tu efluvios te delatan desde la esquina que se halla a 50 metros.
Sin embargo, hay un hecho que quedará tan fresco como el olor de un perro muerto después de 8 días o tan loco como el Can Can de nuestros jaraneros bisabuelos y no precisamente porque el asunto sea tan grandote como un San Bernardo o tan enano como un Chiguagua. Tampoco, que por su relativa trascendencia se diga: “muerto el can, muerta la rabia”, menos, que mi desesperación me haya llevado a estar agazapado, listo para dar un salto felino y atacar bestialmente con el hocico lleno de espuma, producto de la rabia canina y que al tratar de hablar solo emita descomunales ladridos, capaces de ahuyentar a toda una jauría de lobos, incluyendo a mis amigos y la mayor parte de mi parentela.
Sin embargo, como dice la canción: por simples cosas de la vida, hace cuestión de un año, más o menos, fui a visitar con la familia a mi primo, ´El Perro Salinas´ quien tiene una casa de campo bastante grande junto a su granja de pollos que hoy en día le asegura tener una vida holgada y con mucha comodidad. ¡¿Que le ha costado inicialmente llevar una vida de perro?... indudable! Pues solo disponía de una extensión de terreno baldío, su par de FAL y sus dos fieles compañeros: una imponente y agresiva dóberman, junto con su gigantesco y juguetón San Bernardo. Pasamos un día lindo. Ya íbamos a retirarnos, cuando mi querido “Perro Loco” como lo llamaba, salió con una pequeña y linda cachorrita y se la obsequió a mi hija menor.
-¡Para mi linda sobrina… esta linda cachorrita! ¡Cuídenla mucho!
Pasarían dos años y volvimos a la hacienda del “Tío Loco” para que nuestra esbelta y fornida “Negrita” conociera a sus padres y hermanos. En esta nueva visita, el amoroso tío quiso regalarnos otro cachorro de San Bernardo, pero adujimos que no disponíamos del espacio suficiente y nos regresamos satisfechos del encuentro multifamiliar.
Al poco tiempo, aquella “Negrita” estaba muy nerviosa y su inusual desarrollo impresionaba cada vez más; luego de unos meses, empezó a inflarse para, posteriormente, colgarle una panza enorme que la hacía cada vez más pesada y casi pasaba la mayor parte del día echada en su camita.
-Papi, ¿qué le pasa a nuestra “Negrita”? ¿acaso está muy enferma?
-No, hijita, ello se debe a que… ¡vamos a tener cachorritos!
Pero hasta la fecha no podemos encontrar un lugar aparente para aguantar a los tres cachorros de San Bernardo que acaban de cumplir seis meses; no tenemos dónde sentarnos porque han destrozado todos los muebles de la casa y ni siquiera podemos dormir cubiertos en el patio ya que las cobijas son sus servilletas y están con 10 litros de baba cada una. Lo único que las mantiene en casa es que regularmente se ponen a jugar con mi suegra y generalmente la esconden hasta por tres días. ¡Pobres animalitos!... Aunque, lo bueno de todo es que ya están aprendiendo a enterrar sus juguetes…