En el penthouse celestial del Olimpo, donde los dioses viven como influencers sin necesidad de filtros, se celebraba el evento del año: el matrimonio de Tetis y Peleo. Porque claro, ¿qué mejor manera de festejar que con una boda donde todos los ex están invitados y la única que no lo fue... es la que tiene más ganas de hablar?
Los dioses, esos seres eternamente jóvenes
gracias a su dieta líquida de néctar y ambrosía (básicamente jugo detox con
nombre fancy), estaban tirados en sus divanes dorados como si fueran estrellas
de reality griego. Hebe y Ganímedes, los meseros divinos, servían tragos como
si fuera viernes en el Olimpo Bar.
Todo era paz, amor y filtros de belleza divina,
hasta que entró ella: Eris, la tía incómoda que nadie quiere en la boda:
—“Este regalito es para la más bella”, dijo Eris, con esa sonrisa de
quien sabe que acaba de prender fuego al grupo de WhatsApp familiar.
Las tres diosas más competitivas del Olimpo
—Hera, Atenea y Afrodita— se miraron como si acabaran de ver un vestido
repetido en la gala del Met. Todas querían la manzana, porque aparentemente ser
diosa no te exime de tener autoestima basada en premios frutales.
Zeus, que estaba en modo “yo no me meto”,
propuso que un mortal decidiera quién era la más bella. Porque claro, ¿quién
mejor para juzgar la belleza divina que un pastor con cero experiencia en
diplomacia y una conexión emocional con las ovejas?
Así llegó el pobre Paris, príncipe de Troya y
víctima de un oráculo que básicamente decía “este chico va a causar una guerra,
pero démosle una manzana primero”. Las diosas se le aparecieron como si fueran
finalistas de un concurso de belleza con soborno incluido:
Atenea
le ofreció sabiduría (como si eso se valorara en un mundo donde los likes
mandan).
- Hera le prometió poder (porque
nada dice “te amo” como una dictadura).
- Afrodita,
con su voz de comercial de perfume, le prometió a la mujer más hermosa del
mundo. Y claro, Paris, con la madurez emocional de un adolescente en su
primer crush, eligió la opción con curvas.
La ganadora fue Afrodita, y las otras dos se
fueron a hacer indirectas en sus stories. Paris, guiado por su nueva sugar
diosa, fue a buscar a Helena, esposa de Menelao, que era tan bella como
problemática. Se la llevó a Troya como si fuera un souvenir de viaje, y cuando
Menelao volvió de su guerra y vio que le habían robado a su esposa, armó
tremendo grupo de WhatsApp con los griegos y dijo: “Vamos a Troya a recuperar
lo que es mío. Y de paso, quemamos todo”.
Y así, por una manzana, tres egos inflados y un
hombre que no sabía decir “no gracias”, empezó la Guerra de Troya. Porque en el
fondo, todo esto fue una mezcla de belleza, berrinche y decisiones tomadas por
hombres que no sabían que el verdadero poder estaba en no meterse.
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