domingo, 14 de diciembre de 2025

ALCAHUETES PROFESIONALES

¡Señoras y señores, bienvenidos al estadio de la alcahuetería profesional! El árbitro ya dio el pitazo inicial y los comentaristas, esos cracks del micrófono, arrancaron con su clásico pressing alto: simulada algarabía, gritos de “¡vamos, vamos!” y poses de hinchas imparciales… aunque todos sabemos que debajo del piyama llevan la camiseta blanquiazul bien escondida, como quien guarda un amuleto para la tanda de penales.

Desde el minuto uno ya se veían clasificados en Cusco, soñando con cabinas imperiales y hoteles cinco estrellas, mientras el eco de la tribuna coreaba el marcador fantasma: “¡tres a uno, tres a uno…!”. Era como cantar el himno antes de que suene el pitazo: pura fe ciega, puro pase filtrado a la ilusión.

Y claro, después del tercer gol íntimo, los narradores se desgañitaban como si hubieran metido un chilena en la final de la Libertadores. Saltaban en una pata, celebraban como si les hubieran regalado los pasajes a la Sudamericana. “¡Era merecido!”, decían, justificando la campaña irregular con la misma convicción con la que un defensa justifica un codazo diciendo “fue hombro con hombro”.

El relato se volvía tiki-taka de elogios: Vizcarra, garantía bajo los tres palos; el “Kaiser”, impasable como muralla china; Castillo, endiablado goleador; y el “Depredador”, corriendo como si le hubieran prometido renovar contrato. Todo era perfección, todo era relojito suizo. La tribuna extasiada, los narradores al borde del orgasmo futbolero.

Pero, como en todo buen partido, apareció el celeste “Chaval” con ganas de aguar la fiesta. Sacó un muerto-vivo del sombrero y sus defensores, en mancha, empezaron a hacer tiempo como si fueran expertos en el arte del antifútbol. Y ahí, amigos, empezó el calvario: el número cuatro flotaba en el aire como mal presagio, como tarjeta roja que el árbitro aún no sacaba.

El segundo tiempo parecía solo de mero trámite, partido liquidado. El Kaiser gritaba en el área chica: “¡Aquí no pasa nada!”. Pero apareció un Tíbiri Távara con zurda mágica, se llevó a dos, a tres, a cuatro, barrió con todos los troncos y dejó a Vizcarra arañando el césped. Golazo. Luego vino el segundo, y para cerrar la faena, un tiro libre que enmudeció hasta a las colleras más bullangueras. La tanda de penales fue la lápida: cuatro a la bolsa, cuatro fatal.

Y mientras tanto, los alcahuetes del micrófono seguían relatando como si nada. Porque aquí no solo hablamos de goles, hablamos de soplos; pero no de encerronas, pubs y vaciladas que se cuelan como contrabando desde tiempos de Valeriano y Barbadillo. El profesionalismo, letra muerta. El fair play, un cuento chino. Y las dirigencias, como DT que miran para otro lado, toleran todo porque lo único que importa es el resultado, aunque sea con goles en offside.

Lo más grave es que las divisiones menores aprenden de estos “cracks” de vida disipada. Los chicos sueñan con ser ídolos, pero terminan copiando la falta de respeto, la ausencia de preparación, la fiesta eterna. Y los comentaristas, ese 99% que se las sabe todas, callan como defensas que se hacen los locos tras un penal clarísimo. Ocultan, disimulan, rinden culto a lo caduco, a lo pasado, a los apellidos de siempre.

Así seguimos, repitiendo equipos como si fueran alineaciones de PlayStation guardadas en memoria. Creyendo que lo bueno está en los recuerdos, que lo mejor es lo viejo conocido. Y mientras tanto, nos quedamos en la copa… pero en la copa de la esquina, la de la jarra tibia, la que se brinda para olvidar errores.

En conclusión, este partido de alcahuetería profesional se juega todos los días. Los narradores son hinchas convictos, los dirigentes árbitros complacientes, y los jugadores cracks de la parranda. El público paga la entrada, pero recibe un espectáculo de excusas y micrófonos vendidos. Y así, con la concha de seguir pasando por agua tibia, pretendemos llegar al Mundial.

¡Final del encuentro! Marcador: Alcahuetes 4 – Profesionalismo 0. El estadio se viene abajo, pero no por la emoción, sino por la risa amarga de sabernos siempre en tiempo suplementario… y con los mismos apellidos en la plantilla.

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