El ser “tan
evolucionado” que somos logró sofisticar esta conducta animal con armas dignas
de museo: bastaba un ronquido en Fa mayor dentro de la oscuridad de la cueva
para seducir; un gruñido con guiño malicioso en el instante preciso, o, en su
defecto, un mazazo de tres metros que garantizaba arrastre inmediato y contrato
vitalicio. Pero la evolución no se detuvo ahí: llegaron las dopaminas,
feromonas, oxitocinas y demás “inas”, despertando a la adrenalina que dormía
con un ojo abierto, lista para la embestida de la bestia. Resultado: faena
aplaudida, sacada en hombros… salvo que el protagonista desapareciera en el
intento, como buen mártir del colchón.
Hoy, como
primates homínidos con carnet de “casi humanos”, seguimos en la misma, pero con
paradigmas más caros. El otro siempre hipnotiza, seduce y te deja como trapo de
huarique ambulante. Y ahí entró la inteligencia femenina: desde la primera
pinturita en los ojos para ahorrar esfuerzo cárnico, hasta el arsenal moderno
de cremas milagrosas, jaladas imposibles y silicones que buscan corregir las
fallas de fábrica. El resultado: un catálogo humano que parece más producto de
ferretería que de biología.
La
tecnología, veloz como chisme de barrio, ya nos está reduciendo todo a reglas
matemáticas para garantizar la atracción. Prueba de ello: la Regla 777, la del
10%, la del 3-3-3, la de las 72 horas, la 2222, la 3-6-9 y hasta la de los tres
pies (que nadie sabe si es de baile o de circo). Todas diseñadas para que no
haya reclamos en la eterna guerra de los dos mundos sobre el colchón. Porque
claro, nadie quiere bajas innecesarias en esa batalla campal.
Pero, querido
Iniciado, si pensabas que esto era todo, error garrafal. La próxima semana, los
algoritmos, la IA, Alexa, Copilot y compañía nos venderán la versión “más
humana” del prototipo perfecto, listo para faenas virtuales en tarimas
digitales. Mientras tanto, las muñecas inflables con IA, en su último congreso
anual, decidieron por unanimidad prescindir de los churros espectaculares. ¿La
razón? Descubrieron que la plena satisfacción la consiguen solitas, sin
necesidad de esperar al otro bando que nunca estudió para el examen.
—¡Ta, ta,
taaa…!
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