Las precipitaciones llegaron como siempre: sin invitación, sin RSVP, y con la mala costumbre de instalarse en la ciudad como nuestra suegra en visita prolongada. Esta vez, San Pedrito decidió vaciar sus riñones sobre nosotros con tal entusiasmo que parecía haber tomado tres litros de chicha de güiñapo antes de empezar. Y claro, el Ángel de las Bolas de Oro, que en sus ratos libres hace de chamán, no pudo curar semejante poliuria celestial.
El resultado
fue un espectáculo acuático digno de Disney, pero sin princesas ni canciones
pegajosas: puro barro, cloaca y vecinos chapoteando como patos en carnaval.
Porque sí, se cumplió la vieja sentencia de “llover sobre mojado”, pero aquí
fue más bien “llover sobre desagüe abierto”. Las calles se convirtieron en lagunas
y lagos de aguas negras, con aroma a tragedia y sabor a caldo de gallina
vencido.
Los vecinos,
pobres almas, terminaron calatos y mojados, como si hubieran jugado carnavales
con el mismísimo Poseidón. Algunos hasta aprovecharon para lavar la ropa
gratis, aunque la corriente se llevó más calzones que ilusiones.
Y mientras
tanto, las flamantes autoridades, recién llegadas con las lluvias y creyéndose
los “cráneos del Jodierno”, se dedicaron a soltar discursos que parecían
escritos por un guionista de comedia barata. Con cara de debutantes y voz de
teleprompter, intentaron convencernos de que todo estaba bajo control. Lo único
que controlaban, eso sí, era el arte de soltar estupideces con solemnidad
ministerial.
La Coimisión
de la PCM, convocada para dar respuestas, parecía más un elenco de “Pataclaun”
que un gabinete serio. Había tanto por preguntar: inseguridad, crímenes, ductos
misteriosos, elecciones, gobernabilidad del Chongreso… Pero no, la primera
consulta fue sobre la contaminación del Río Tambo.
Y ahí vino la
joya de la corona. La debutante PCM, cargando el peso del fajín de dos metros y
la improvisación, respondió con una pachotada que debería estar enmarcada en el
Museo de la Estupidez Nacional:
—Lo que pasa
es que dicho estuario presenta una contaminación propia del Tambo… ya que en
todo su recorrido se ha convertido en… ¡un desagüe!
El público,
incrédulo, pidió repetición. Y la ministra, muy suelta de huesos, reafirmó con
la seguridad de quien confunde diagnóstico con chiste de bar:
—Sí, este río
lo han convertido en una cloaca… porque todos los restos fecales de sus
habitantes desembocan en sus aguas. Es decir, que dicha contaminación se debe a
que esta fuente de vida presenta multitud de restos oxidativos, metales
pesados, turbidez chocolatada y una fetidez tal que hasta los camarones tienen
que usar máscara… ¡Es porque sus habitantes son unos cagones!
El silencio
posterior fue más cómico que trágico. Porque ahí estaba la síntesis de nuestra
desgracia nacional: un río convertido en desagüe, una ciudad transformada en
lodazal, y una autoridad que, en lugar de ofrecer soluciones, nos regalaba un
insulto disfrazado de diagnóstico.
Las
precipitaciones, entonces, no fueron solo lluvias: fueron stand-up comedy con
efectos especiales. Agua que arrastra, agua que desnuda, agua que revela la
miseria escondida bajo el pavimento. Y en medio de la tragedia, la comedia
inevitable: autoridades que improvisan, vecinos que chapotean, camarones
enmascarados y un país que, entre carcajadas y lágrimas, sigue flotando en su
propio desagüe.
Así, la
lluvia se convirtió en espectáculo humorístico, en carnaval grotesco donde los
dioses orinan desde el cielo y los mortales bailan en el barro. Porque en esta
Tierra Santa, cagada, digo, cargada de aguacero es un recordatorio que la
tragedia y la comedia no son opuestos, sino hermanos gemelos que se abrazan en
cada precipitación.
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