Ayer por la tarde, mientras intentaba levantar las persianas de mi mausoleo doméstico —esas que ya no parecen de plástico sino de cemento armado— me di cuenta de que la vida moderna se ha convertido en un velorio perpetuo con un reguetón de fondo. Cada intento de subirlas era como empujar el ataúd de mi propia esperanza: pesado, inútil, y con la sospecha de que alguien ya había firmado el acta de defunción de mi ánimo.
Para
distraerme de semejante funeral cotidiano, me lancé a revisar los reels del
momento, esos epitafios digitales que la humanidad produce como si fueran
coronas de flores para el cementerio de la cordura. Y allí, entre gatos
bailando y recetas de brownies proteicos, apareció la última tendencia: quejas
maritales. Yo, ingenuo, allí esperaba encontrar los clásicos lamentos femeninos;
esos sollozos que parecen escritos por dramaturgos del siglo XIX. Pero no: lo
que vi fue a un ex macho alfa, convertido en viudo doliente, desgarrando sus
harapos y clamando honestidad como si estuviera en plena misa de cuerpo
presente.
El pobre
hombre denunciaba que el matrimonio moderno no es unión sagrada, sino contrato
mercantil con cláusula de sepultura incluida. Y lo peor: que el engaño no
empieza en la boda, ni siquiera en el noviazgo, sino que viene de fábrica, como
un virus preinstalado en el sistema operativo del amor. El romanticismo, según
él, murió hace décadas y lo enterraron sin misa ni responso.
—¿Pero cómo
va a ser posible tanta ignominia? —me pregunté, con la
solemnidad de un doliente que no sabe si llorar o reír.
—¡No, bro,
ahora la cosa es al revés! —respondía el influencer del velorio digital.
—¿Cómo?
—Pues que las fulanas vestidas de blanco ya no buscan amor eterno, sino seguro
de vida, nicho perpetuo y entierro con mariachis.
El tipo
aseguraba que antes de decir “sí, acepto”, ellas ya habían hecho un escaneo
completo: ADN, cuenta bancaria, historial crediticio y hasta disponibilidad de
parcelas en el cementerio. El amor, decía, es apenas un trámite para conseguir
exequias de primera clase. Y yo, que apenas tengo ahorros para comprar velas,
sentí que me estaban leyendo mi sentencia de muerte.
Aturdido, fui
a contarle a mi mujer, esperando consuelo. Ella me escuchó con la ternura de
una viuda que ya tiene preparado el vestido negro. Me estampó un beso en la
mejilla y, con sonrisa maliciosa, me dijo:
—No creas ni
michi, amorcito.
Pero mientras
se alejaba, rechinando los dientes como si fueran campanas de difunto, descubrí
que había firmado un contrato para adquirir una sepultura… solo para un cuerpo.
El mío, claro. Y allí me quedé, con escalofríos de la gran seven, como quien
siente que ya le están midiendo para el ataúd.
Porque, al
final, los heraldos necros de esta historia no son los poetas ni los curas,
sino los influencers de Instagram, que nos anuncian con sarcasmo que el
matrimonio moderno es un velorio con catering. El amor ya no se celebra con
vals, sino con pólizas de seguro. Los votos no dicen “hasta que la muerte nos
separe”, sino “hasta que el banco nos financie”. Y las persianas de mi casa,
pesadas como lápidas, son el recordatorio de que la vida conyugal es un
cementerio donde cada día enterramos un poco más de ingenuidad.
Así que aquí
me tienen, escribiendo estas líneas como quien redacta su propio epitafio:
“Murió de amor, pero lo enterraron con sarcasmo”. Y mientras tanto, los reels
siguen sonando como campanas fúnebres, anunciando que la modernidad no nos da
matrimonios, sino funerales con filtro de Instagram.
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