Confieso sin rubor que aquella noche mi cabeza parecía una locomotora a carbón: echaba humo hasta por las orejas, los ojos chisporroteaban como carbones encendidos y el alma me pedía auxilio. Todo por culpa de un neologismo que se me había atravesado como espina de cactus en la garganta. Lo busqué en mi mataburros, en mis diccionarios de bolsillo, en los manuales de ocultismo barato que guardo debajo del colchón, y nada. Ya estaba a punto de plantar el pico, rendirme y lanzarme al sobre como un mártir del insomnio, cuando de pronto tropecé con otra palabrita que olía a sótano húmedo: Radestesia.
El
sonido me intrigó. Tenía ese perfume a palabra prohibida, como si hubiera sido
escrita en un pergamino medieval con tinta de murciélago y luego condenada por
la Inquisición. El Corominas me mandó al diablo con un gesto de desprecio, el
Spasa se limitó a un lacónico “véase Zahorí” y yo, testarudo como mula, decidí
lanzarme de cabeza a la Biblioteca del Convento de la Recoleta. Allí, gracias a
mi amistad con el Padre Prior (un santo hombre que además me prestaba metro y
vara para medir mis delirios), pude acceder a textos apócrifos, manuscritos
polvorientos y hasta un par de volúmenes que olían a azufre.
Tras
tres días y tres noches, alimentado únicamente con fruta, pancitos benditos y
la sospecha de que los franciscanos me estaban mirando raro, descubrí que la Radestesia
era una técnica para hallar agua, oro, piedras preciosas y hasta suegras
desaparecidas. Sí, así como lo oyen: en la Alemania del siglo XV, mientras los
caballeros se batían en torneos y los alquimistas buscaban la piedra filosofal,
había zahoríes que caminaban con varitas de avellano y radestesistas que
preferían varillas de cobre.
El
zahorí, personaje digno de novela picaresca, llevaba su horqueta de avellano
como quien porta un cetro mágico. Caminaba por campos y praderas hasta que la
varita, como si tuviera vida propia, se inclinaba hacia abajo señalando el
lugar exacto donde cavar. La Radestesia, en cambio, era más sofisticada: las
varillas de cobre se doblaban solas, indicando minas, cofres enterrados o el
sitio ideal para levantar un jato con buen feng shui.
Pero
lo más curioso era la receta inicial para lograr el éxito: caminar con un huevo
en la mano. Cuando el huevo “se parara”, allí estaba el agua. No sé qué clase
de gallinas filosóficas inventaron semejante disparate, pero la idea me quedó
rondando como mosca en verano.
Recordé
entonces mi predio de doscientas hectáreas en las Pampas de Polanco, un
desierto tan árido que ni los cactus se atrevían a crecer. Si lograba encontrar
agua allí, me convertiría en el nuevo emperador agroindustrial, más rico que
los bodegueros de Ica. Así que me vestí de campaña: botas, sombrero huacali y,
por supuesto, mi huevo. No uno cualquiera, sino de avestruz, porque yo no me
ando con pequeñeces.
Caminé
tres horas bajo el sol inclemente, dando vueltas como trompo mareado porque
olvidé la brújula. Finalmente, divisé un mojón que parecía señalar el destino.
Coloqué el huevo sobre mi mano, esperé el milagro… y nada. Mi huevo, testarudo,
se negó a pararse.
El
resultado: insolación, deshidratación extrema y hospitalización inmediata.
Estoy vendado como momia egipcia, con la piel más seca que pergamino, pero aún
conservo la esperanza. Porque, señores, yo había comprado dos huevos. El
segundo aguarda su turno, y quién sabe, quizá sea el elegido para revelarme la
napa subterránea que cambiará mi destino.
Epílogo
delirante:
La Radestesia,
esa mezcla de ciencia, magia y humor involuntario, me enseñó que la búsqueda
del agua puede ser tan absurda como poética. Entre varitas que se doblan solas,
sacrificios a los apus y huevos que se niegan a erguirse, descubrí que lo
importante no es encontrar el líquido elemento, sino reírse de la sed.
Porque
al final, ¿qué es la Radestesia sino un teatro improvisado donde el
protagonista camina con un huevo en la mano, convencido de que la naturaleza le
dará señales? Y si no las da, siempre queda la opción de escribir la crónica,
exagerarla un poco y convertir la insolación en leyenda.
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