Entré con mucha desconfianza al Centro Esotérico llamado “La Estrella Fugaz” como quien entra a una pollería de mala muerte: con mucha hambre y poca fe, llevando un billete arrugado de cincuenta solcitos que parecía más falso que las últimas promesas electorales. Mi objetivo era simple: llenar la polla futbolística del barrio y, con suerte, ganarme los mil coquitos que me salvarían de seguir pateando latas y comiendo arroz con aire. Pero claro, el destino —ese payaso cruel— me empujó hacia la quiromancia, como si mis manos fueran más confiables que el arquero suplente de la selección de Qatar.
La pitonisa, una mezcla de lechuza mañosa y vendedora
de cuentos, me recibió con un discurso automático: Tai Chi, Reiki, flores de
Bach, péndulo, huevo por donde quieras…hasta baños de florecimiento ¡Un menú
más variado que el de un chifa! Y todo por treinta soles, porque —según ella—
yo le caía bien. Traducción: olía mi pobreza como perro callejero huele hueso.
Yo, ingenuo, solo quería saber quién ganaba en la
primera fase. Pero terminé con la mano derecha sudando en su garra, mientras me
decía que estaba “en la última”. Yo pensé que era mi última hora, que ya me
veía en el obituario: “Murió apostando a la Argentina, sin plata y sin jabón”.
Pero no, ella se refería a la “última academia de artes adivinatorias”. ¡Qué
alivio! Aunque igual me santigüé tres veces, no vaya a ser que la velita
prendida me chamuscara el futuro.
Cuando intentó leer mi mano izquierda, la cosa se puso
peor. “Está borrosa”, dijo. ¿Borrosa? ¡Si mi palma parecía mapa de combi! Me
ofreció alcohol para limpiarla. Yo, abstemio, pedí agüita de azahar. Ella,
sarcástica, me acusó de cobarde. Y ahí, entre insulto y diagnóstico, me soltó
la bomba: “Dale más importancia a lo que está sucediendo en tu cuerpo”.
Yo, que solo quería saber si España le metía tres a Cabo Verde, terminé
preguntando si estaba jodido. Ella, con voz de tragedia griega, me respondió:
“La cosa está grave”. ¡Grave! Yo ya me veía con tres semanas de vida,
escribiendo mi testamento en servilletas de cevichería. Pero no, la muy viva
solo quería venderme un paquete completo: lectura de chakras, baño de
florecimiento, y por veinte solcitos, el clásico huevo pasadito por el puerco.
Me pidió que me echara en el sofá y me desnudara. Yo,
desconfiado, aclaré que estaba al día en mis alquileres. Ella, fastidiada, me
dijo que solo quería revisar mi puerco. ¡Qué alivio! Aunque igual me quedé con
las medias puestas, porque uno nunca sabe dónde termina la exploración.
El chequeo fue un carnaval de pellizcos y jalones. Yo
parecía cuy en feria, mientras ella murmuraba diagnósticos esotéricos.
“Requieres una sesión completa para ver el estado de tus chakras”, sentenció.
Yo, ignorante, pensé en chacras de sembrar alfalfa. Ella, con paciencia de
verdugo, me explicó que hablaba de otra cosa: energías, vibraciones, el Tercer
Ojo.
“Cierra tus ojitos”, ordenó. Yo, obediente, me olvidé
de mi polla futbolística y me concentré en su voz. Me prometió revelaciones,
pero al final solo me dejó con la tarea: bañarme temprano y traer cien soles
para la lectura completa. Eso sí, como oferta de último minuto, me podía pasar
el huevo por veinte. ¡Qué ganga!
Salí del centro esotérico con la misma incertidumbre
que al entrar, pero más pobre y más confundido. No sabía si mi destino era
ganar la polla, morir de estupidez, o terminar con los chakras alineados como
semáforo malogrado. Lo único claro era que la pitonisa ya había conseguido su
pollo: yo, desplumado, listo para volver mañana con cien soles que no tenía.
Y así, entre sarcasmo y tragedia, entendí la cruel ironía de la vida: uno entra buscando goles y sale con diagnósticos de chakras. Porque al final, la verdadera estafa no está en la polla del barrio, sino en creer que el futuro se lee en las manos… cuando en realidad se escribe en la billetera vacía.
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