domingo, 28 de junio de 2026

ESO DE MIS CHAKRAS

Entré con mucha desconfianza al Centro Esotérico llamado “La Estrella Fugaz” como quien entra a una pollería de mala muerte: con mucha hambre y poca fe, llevando un billete arrugado de cincuenta solcitos que parecía más falso que las últimas promesas electorales. Mi objetivo era simple: llenar la polla futbolística del barrio y, con suerte, ganarme los mil coquitos que me salvarían de seguir pateando latas y comiendo arroz con aire. Pero claro, el destino —ese payaso cruel— me empujó hacia la quiromancia, como si mis manos fueran más confiables que el arquero suplente de la selección de Qatar.

La pitonisa, una mezcla de lechuza mañosa y vendedora de cuentos, me recibió con un discurso automático: Tai Chi, Reiki, flores de Bach, péndulo, huevo por donde quieras…hasta baños de florecimiento ¡Un menú más variado que el de un chifa! Y todo por treinta soles, porque —según ella— yo le caía bien. Traducción: olía mi pobreza como perro callejero huele hueso.

Yo, ingenuo, solo quería saber quién ganaba en la primera fase. Pero terminé con la mano derecha sudando en su garra, mientras me decía que estaba “en la última”. Yo pensé que era mi última hora, que ya me veía en el obituario: “Murió apostando a la Argentina, sin plata y sin jabón”. Pero no, ella se refería a la “última academia de artes adivinatorias”. ¡Qué alivio! Aunque igual me santigüé tres veces, no vaya a ser que la velita prendida me chamuscara el futuro.

Cuando intentó leer mi mano izquierda, la cosa se puso peor. “Está borrosa”, dijo. ¿Borrosa? ¡Si mi palma parecía mapa de combi! Me ofreció alcohol para limpiarla. Yo, abstemio, pedí agüita de azahar. Ella, sarcástica, me acusó de cobarde. Y ahí, entre insulto y diagnóstico, me soltó la bomba: “Dale más importancia a lo que está sucediendo en tu cuerpo”.

Yo, que solo quería saber si España  le metía tres a Cabo Verde, terminé preguntando si estaba jodido. Ella, con voz de tragedia griega, me respondió: “La cosa está grave”. ¡Grave! Yo ya me veía con tres semanas de vida, escribiendo mi testamento en servilletas de cevichería. Pero no, la muy viva solo quería venderme un paquete completo: lectura de chakras, baño de florecimiento, y por veinte solcitos, el clásico huevo pasadito por el puerco.

Me pidió que me echara en el sofá y me desnudara. Yo, desconfiado, aclaré que estaba al día en mis alquileres. Ella, fastidiada, me dijo que solo quería revisar mi puerco. ¡Qué alivio! Aunque igual me quedé con las medias puestas, porque uno nunca sabe dónde termina la exploración.

El chequeo fue un carnaval de pellizcos y jalones. Yo parecía cuy en feria, mientras ella murmuraba diagnósticos esotéricos. “Requieres una sesión completa para ver el estado de tus chakras”, sentenció. Yo, ignorante, pensé en chacras de sembrar alfalfa. Ella, con paciencia de verdugo, me explicó que hablaba de otra cosa: energías, vibraciones, el Tercer Ojo.

“Cierra tus ojitos”, ordenó. Yo, obediente, me olvidé de mi polla futbolística y me concentré en su voz. Me prometió revelaciones, pero al final solo me dejó con la tarea: bañarme temprano y traer cien soles para la lectura completa. Eso sí, como oferta de último minuto, me podía pasar el huevo por veinte. ¡Qué ganga!

Salí del centro esotérico con la misma incertidumbre que al entrar, pero más pobre y más confundido. No sabía si mi destino era ganar la polla, morir de estupidez, o terminar con los chakras alineados como semáforo malogrado. Lo único claro era que la pitonisa ya había conseguido su pollo: yo, desplumado, listo para volver mañana con cien soles que no tenía.

Y así, entre sarcasmo y tragedia, entendí la cruel ironía de la vida: uno entra buscando goles y sale con diagnósticos de chakras. Porque al final, la verdadera estafa no está en la polla del barrio, sino en creer que el futuro se lee en las manos… cuando en realidad se escribe en la billetera vacía. 

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