domingo, 21 de junio de 2026

ARMANDO UN BOT FAMILIAR (III)

En las entregas anteriores ya habíamos chismeado sobre el Bot Familiar I y II, con sus desvaríos hasta el 2024. Pero ahora, querido Choche, nos toca meternos de cabeza —sin casco ni seguro de vida— en la llamada Generación Beta, esa camada que arranca en 2025 y se extiende hasta el 2039. La literatura moderna, tan dada a la exageración, ya la bautizó como “perdida”. Y no porque anden flotando como globos sin piola en un limbo sideral, sino porque parecen náufragos mareados, sin GPS, esperando que alguien los recoja con tanque lleno de gasolina. Spoiler: nadie va a ir.

El panorama es tan alentador como un velorio sin café. El futuro pinta más jodido que un analfabeto funcional con diploma en PowerPoint. Y lo peor: las apps —Siri, Alexa, Copilot, Chat Zone y toda la corte celestial de la IA— nos lo pintan de colores chillones, como si la desgracia viniera con filtro de Instagram. Ante semejante amenaza sideral, corrimos desesperados al oráculo de La Antiquilla: el célebre Loskagamuz. El hombre, fiel a su estilo, nos soltó la verdad con la misma delicadeza de un ladrillo cayendo en la cabeza:

A) La crítica mental seguirá debilitándose hasta quedar como músculo atrofiado. El fulano del siglo XXI ya no recordará ni el nombre de su vieja, confundiendo la realidad con lo virtual, porque el 90% del contenido será generado por IA. O sea, la memoria humana quedará reducida a un pendrive barato.

B) Los robots ya son asistentes de toda la vida. La IA conversa con tus emociones, mientras los hologramas se sientan a la mesa y piden postre.

C) La Tierra, llena de chinitos e indios (los de verdad), se superpuebla. La inmigración se convierte en deporte mortal, la discriminación florece como cactus en desierto, y el mundo sigue obsesionado con ser blanquito, esbelto y millonario.

D) La tecnología y la calidad de vida serán patrimonio exclusivo de minorías nórdicas. El resto, a mirar desde la ventana, porque la educación misma se encargará de establecer escalas y diferencias.

Trágico, ¿no? Pero Loskagamuz, entre carcajadas de brujo cansado, nos lanzó un salvavidas: las propuestas. Porque hasta en el Titanic hubo orquesta.

  1. El Metaverso, ese Disneyland digital, podría despertar curiosidad y hasta investigación. La educación sería universal, personalizada y llena de valores. Sí, claro, valores en 3D.
  2. La Generación Beta, aunque aún gatea, ya representa el futuro más disruptivo. Las marcas y empresas se frotan las manos: anticiparse a sus necesidades es crucial. Herramientas como QuestionPro serán los nuevos tarot.
  3. Los organismos mundiales deberían convertirse en centros de integración libre y accesible. Todos con comida asegurada, trabajo equitativo y profesiones desmercantilizadas. Una utopía tan bonita que da risa.
  4. La inclusión social, la sostenibilidad y el bienestar común serían el pan de cada día. Además, la “tecnología del corazón” nos uniría en relaciones eternas. Traducción: abrazos con Wi-Fi.
  5. Y, por supuesto, usar QuestionPro de inmediato para conectar con la Gen Beta. Porque el futuro comienza ahora, con datos y estrategias. O te quedas como un bot mecánico, versión Frankenstein del siglo XXI.

El sarcasmo se impone: ¿de verdad creemos que la humanidad, esa sabandija que tropieza con la misma piedra desde la Edad de Piedra, va a lograr todo esto? La tragedia está servida en bandeja de plata oxidada. La Generación Beta será la primera en vivir en un mundo donde la memoria humana es opcional, la crítica mental es fósil y la IA es la nueva suegra que opina de todo.

El humor negro, sin embargo, nos salva: imaginemos a un holograma reclamando su porción de arroz con pollo, a un robot discutiendo con su terapeuta virtual, y a un humano confundiendo a su esposa con un avatar del Metaverso. La tragedia se vuelve comedia involuntaria, y el sarcasmo es el único idioma que nos queda.

Así, querido Choche, seguimos armando este Bot Familiar con piezas de feria, tornillos flojos y manuales escritos en mandarín. La Generación Beta será el laboratorio donde se pruebe si la humanidad todavía merece llamarse “humana”. Y mientras tanto, nosotros, cronistas de la desgracia, nos reímos para no llorar. Porque, al final, la tragedia más grande es que todo esto parece inevitable… y encima nos lo venden como progreso.

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