A pesar de los
siglos de conversa acumulada con sus miles de historias guardadas como si
fueran tesoros en baúles con candado de feria, la humanidad todavía sigue
buscando su origen y su trascendencia de grupo, para luego contarlas con la
solemnidad de chamanes que se equivocan de receta, brujos que cobran por
adelantado, o poetas que recitan mitos con más balbuceo que karaoke de
borrachos. Todo eso, claro, transformado en teatrillos improvisados frente a
las expectativas infinitas de un público que ya ni sabe qué espera.
Hoy, sin
quererlo, aparece una banda achorada en pleno siglo XXI, con “su” arte escénico
tan improvisado que parece ensayo de colegio fiscal. Empujados por pura concha,
se ponen la máscara clásica de la actuación para representar la vieja historia
de siempre. Y aunque dicen ser actores nuevos, en realidad son viejos zorros
con más uñas que manicure de barrio. Esta “banda histriónica” de consumados
malandros ya estaba metida en una pendejada monumental antes de inventar el
Chongreso.
Mientras tanto,
los sufridos espectadores quedamos con el hocico abierto como concha acústica,
los bolsillos planchados y la cabeza gacha de pura vergüenza ajena. Encima nos
sirven entremeses burdos que huelen a trafa, y en su “mejor actuación” alteran
el libreto con posturas de falsa honestidad, disfrazadas de claridad y
suficiencia. Prometen con megáfono populista y juramentos de feria, y al final
¡muerto tanto el cholo de la platea como el de la galería!
Y aunque nos
rocían maicito por quintales, el mensaje es clarito: agarrar el máximo poder
con las garras, llenar las alforjas de verdes, cambiar de máscara según
convenga y mentir a la derecha y la izquierda. Dibujan promesas imposibles, se
venden como magos de caros anhelos y destilan verborragia con triple parlante
que emboba a los incautos de siempre. Lo peor: son chupes venidos de la
informalidad, comprados con drogas escondidas bajo el palio de aportantes
oscuros, todos embebidos en corrupción y tráfico múltiple. Ya se escaparon del
INPE tantas veces que deberían tener tarjeta VIP.
Ahora, en sus
filas, admiten fundamentalistas, zurdos disfrazados de moderados, charlatanes
de ocasión y entreguistas de profesión. En la otra banda rebalsan modernos
sicarios que mienten en japonés, chino o coreano, con faldas o pantalones,
siempre cargando mochilas de traición desde cinco temporadas atrás. Sus
promotores vienen de la selva del mercurio, del oro y del veneno, de socavones
asesinos, de pastas encantadas y encantadoras; de intereses macroeconómicos tan
altos como su apetito personal de poder y dinero mal habido.
El público cansado solo espera que caiga el telón rojiblanco este 7 de junio. Pero a la vuelta de la esquina ya están listitos otros grupos malditos con muchas más ansias. La escenografía ya se la preparamos, pues los pingües resultados se saben de antemano, y lo peor: hay miles de entradas vendidas para la nueva temporada. La historia, como siempre, se repetirá una y otra vez… con carcajadas incómodas incluidas.
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