En este Perusalem nuestro, donde hasta los santos se pelean por un buen chupe, nadie discute que Arequipa es la capital galáctica del buen diente. Aquí, hermano, hasta los huesos se chupan con devoción y se dejan tan limpios que podrían servir de flauta en procesión. Y claro, cuando algo no cuadra, cuando la cosa se vuelve más enredada que discurso de congresista, soltamos la frase mágica: “¡Esto es un arroz con mango!”.
Y vaya que lo
es.
Porque desde
que llegaron las reses y los cochinos en galeón, nuestros paisanos dejaron la
chalona y la cecina de auquénido y se lanzaron de cabeza a los lomos y ancas
importados. Resultado: matasquita, estofado, churrasco y un menú que haría
llorar de envidia a cualquier Michelin. Aquí no se desperdicia ni un grano de
arroz, ni un hueso de chancho. Todo va directo al buche o al caldo.
—¿Tonces, pa’
qué tanto floro, Boss?
—¡Porque me
acabo de tirar un arroz con mango, pues!
La cosa fue
así: mis bolsillos estaban más planchados que camisa de seminarista y mi
despensa más vacía que promesa electoral. Allí, donde tranquilamente cabría una
Holstein completa, no había ni un grano de arroz, ni un fideo extraviado. El
hambre me atacó como perro bravo. Revisé mi miniconservadora al aire libre y…
nada. Ni carne, ni pellejo, ni sombra de chorizo.
Para engañar
al estómago, me lancé unos panes secos que guardaba para un apanado futuro.
Tronó la mandíbula como dinamita y, de paso, se me fue una muela del Juicio.
Dolor y sangre, pero yo, optimista, imaginaba que estaba saboreando sangrecita
recién frita. Así me dormí, soñando con costillar dorado y papitas al
hilo.
Al amanecer,
bostecé cien veces y herví agua con una ramita de orégano. Desayuno de campeón…
de boxeo. Mientras sorbía, musité: “Hola, Soledad”.
Pero el
almuerzo ya era tragedia griega. El estómago me ladraba, el juicio se me
escapaba y yo pensaba en puré de lengua aunque me dejara mudo. Entonces,
¡Eureka! La nueva vecina. Mi salvación.
Toqué su
puerta con desesperación y apareció ella: mamazota en mandilito, chanclas y
todo lo demás al aire. Yo, mudo como estatua.
—¡Hola,
vecinito! —me dijo con sonrisa de propaganda.
—Hola…
vecinita… cosas de la vida…
—¡Cuál usted!
¡Mándate de hacha y métele el tú!
Yo, temblando
como gelatina, solté la súplica:
—Vecinita…
¿por casualidad no tendrá una tacita de arroz?
Ella,
generosa como Virgen del Socorro, respondió:
—¡Claro! Eso
y mucho más… ¡Pasa, adelante!
Y yo, feliz,
pensé: “Hoy sí me tiro un arroz con mango”.
Porque,
choche, la vida es eso: un arroz con mango. Una mezcla imposible que, sin
embargo, termina sabiendo a gloria. Entre hambre y vecinas, entre panes de
piedra y muelas rebeldes, uno descubre que la cocina no está solo en la olla,
sino en la picardía de la esquina, en la improvisación del momento y en la
chispa que nos salva del ayuno.
Y si
Sofocleto estuviera aquí, seguro remataría con su clásico: “El arroz con mango
es la prueba científica de que el peruano, cuando no tiene nada, inventa todo.
Y cuando tiene todo, igual se inventa un mango para mezclarlo con arroz”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario