En este país donde los oráculos tienen más rating que los noticieros, las mancias se han convertido en ministerios paralelos: cartomancia para el Congreso, quiromancia para los jueces, nigromancia para los expresidentes encarcelados, hidromancia para los que lavan dinero, y oniromancia para los que sueñan con ser reelectos eternamente. Yo, incrédulo profesional, me lancé a investigar desde Nostradamus hasta Tiresias, pasando por la Maga Circe y la célebre Koritika, alias Doña Rabelasis, famosa por leer el futuro en las posaderas de los transeúntes. Pero nada me preparó para la experiencia con nuestra Agata Pis, la pitonisa oficial del Cerro de la Aparecida, donde el humo del incienso se mezcla con el olor a huevo duro y cera derretida.
Era el sábado
11, víspera de elecciones, y el país entero estaba en trance colectivo: Porky
se desinflaba como chancho en feria; en cambio, la China inflada y cachacienta
seguía flotando en las encuestas como globo de cumpleaños, y un pelotón de
terceros desesperados galopaba con la ilusión de forzar una segunda vuelta, esa
tómbola nacional donde siempre gana el que menos se esperaba. Yo, curioso y
masoquista, entré al cubículo de Agata Pis, iluminado por una luz rojiza que
parecía salida de un prostíbulo medieval. La mesa de tres patas temblaba como
si estuviera en huelga, y sobre ella descansaba un mazo de cartas que olía a
sudor electoral.
Agata me miró
con ojos de búho insomne y me disparó la pregunta más absurda:
—Dime tu nombre, edad y estado civil.
—¿Acaso no
eres adivina?
—Sí, pero
aquí no se trata de tu destino, sino de quién va a ganar las elecciones. ¡Eso
es lo que importa, o nooo?
Me quedé
helado. Le di mis datos como quien entrega la clave del cajero. Ella me ofreció
las cartas, yo corté el mazo y ella, con solemnidad de arzobispo en campaña,
sacó tres cartas del tarot. La luz cambió a un tono natural, como si Dios mismo
hubiera encendido el fluorescente. Entonces, con voz de noticiero oficial,
declaró:
—¡El ganador
será un hombre de copas!
Yo casi me
caigo de espaldas. Otra vez la misma profecía absurda. ¿Quién demonios era ese
hombre de copas? ¿Un bartender? ¿Un sommelier? ¿Un borrachín con aspiraciones
presidenciales? Salí del cubículo más confundido que nunca, rumiando la
predicción como un toro filosófico.
Ya en mi
cama, analicé a los candidatos: la China, imposible, nunca se la ha visto con
un vaso de cerveza, aunque quizá esconda un fetiche por el sake. Porky, en
cambio, sí: amante de vinos y whiskies, podría ser el hombre de copas, aunque
más bien parece el hombre de chifas. Los demás —Álvarez, López Chau, Sánchez,
Nieto— no tenían historial alcohólico comprobado, aunque en política nadie está
libre de un brindis clandestino.
Pero había
uno que calzaba perfecto: el Cholo Sagrado, ahora preso en Barbadillo, llorando
junto a su fiel Chacana y delirando que aún gobierna el país. A él sí le llevan
botellones con etiqueta azul para mantener viva la llama de su dipsomanía. Ese
sí era el hombre de copas, aunque las copas fueran de plástico y las elecciones
se decidieran en la celda.
La conclusión
es clara: en este país no gobiernan los programas, ni las ideologías, ni las
promesas. Gobiernan las copas. El tarot lo sabe, la pitonisa lo confirma, y el
pueblo lo celebra con brindis interminables. Porque aquí, cada elección es una
borrachera colectiva: primero nos embriagamos de promesas, luego nos mareamos
con encuestas, y finalmente despertamos con resaca democrática, preguntándonos
cómo diablos elegimos al mismo de siempre.
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