Queridos compatriotas en Cristo y en campaña: disculpen la intromisión en este púlpito, pero resulta que nuestro párroco, el P. Tinoco, anda ocupado negociando con la bancada celestial y me pidió que les suelte la homilía de este domingo 19. Y como soy seminarista del último año, me animé a contarles la Parábola de Emaús, pero en clave electoral, porque ya saben que aquí todo se entiende mejor si no se mete la ONPE, ni el JNE; tampoco, algún noticiero con rating.
—“Aquel domingo de votaciones terminó con más observaciones que mesa de partes del Congreso. Los noticieros sacaban versiones como si fueran encuestas truchas, y la mayoría anunciaba catástrofes peores que la inflación. En la madrugada siguiente, dos caminantes iban rumbo al local de la ONPE, discutiendo como panelistas de Willax. De pronto apareció un camión porta-tropas del INPE y se les subieron los hue…sos a la garganta. Bajó una figura redonda, medio globo, medio candidato, digamos… un tal Beto, vaya uno a saber.
—¿Qué discuten por el camino? —preguntó.
Ellos, cabizbajos, respondieron:
—¿Todavía no te enteras de las ánforas?
—¿Qué pasó? —insistió.
—Lo de los votos, las actas, los camiones… ¡Todo salió
Málaga! Los jefes brillaban por su ausencia, y nosotros soñábamos con dormir
tranquilos. Pero esta mañana, paseando por Miraflores, encontramos el cuerpo
del delito.
—¿Un cadáver? —preguntó con sorna.
—¡No, peor! Cuatro cajas completitas tiradas en la
esquina. ¡Son como 120 mesas y un huevo de votantes! ¡Vamos!
Cuando el populorum se enteró, exigieron la enjaulada de los jefes de la ONPE y del JNE. Al primero le dijeron que unos ángeles verdes con pistola aseguraban que las cajas estaban vivitas… pero en Willax. Otros fueron al local de botaciones y ya no hallaron nada. Encendieron la tele y vieron a los jefazos tirándose la torta como congresistas en pleno “trabajo”, ninguno aceptaba la culpa ni soltar la teta, tal como pedía todo Perusalem.
—Quédense conmigo
—dijo el embozado— que ya oscurece y pronto amanecerá. Se quitó el abrigo y…
¡zas!, se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Era el increíble Beto, que
mientras hablaba ya tenía todo caleta. Al instante corrieron a la JNE, pero
terminaron en la ONPE, donde hallaron a los jefes temblando y repitiendo:
«¡Aquí no ha pasado nada!». Los dos contaron lo sucedido y cómo reconocieron al
fulano cuando se le cayó la careta y partió como bala.
Entusiasmado, iba a seguir con su sermón, cuando una voz desde el púlpito gritó:
—¡Jesusitooo, bájate yaaa! Que tus oyentes se han quedado con la boca abierta y
me vas a quitar la clientela…
—¡Eso lo dejamos a su elección!
—¡Pero que no se meta la ONPE!
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