domingo, 12 de julio de 2026

SPECULAPIO

 Esto no es anamnesis ni diagnóstico, mucho menos receta. Es más bien un epitafio adelantado, escrito desde la vereda de los pacientes —no tan pacientes— que seguimos esperando que el Juramento Hipocrático deje de ser un chiste cruel y vuelva a ser algo más que un escudo con serpiente que se tragó la espada. Porque hoy, la serpiente no cura: cobra.

—Tonce… ¿ya no hay que echarle tierrita a las equivocaciones, yerros y olvidos?

 —¡Tas won! A estas alturas, la tierra ya no tapa nada: la tierra es negocio. Se vende por metro cuadrado en los camposantos, que crecen más rápido que las farmacias. La indolencia se ha institucionalizado y, sin querer queriendo, el sistema promueve la superpoblación de tumbas. La salud, ahora, se compra como pan caliente… pero sin vuelto.

—Pero, Master… ¿tú que eres doctor en ciencias ocultas, paramédico voluntario, enfermero casual, chamán del barrio y adivino obligatorio, puedes decir todo eso de tus colegas?

—¡Momentito, Miguelito! Yo seré todo lo bueno que quieras, choche cabal, un pan de dios y diccionario de insultos, pero estoy a diez mil kilómetros de mis supuestos colegas; porque yo no cobro ni michi por consulta, aunque el “Cabezón Lozada” me tiene escaldado pidiéndome sus horóscopos mañaneros. Y mientras tanto, los doctores de bata blanca cobran hasta por el saludo.

—¿Por qué dices esto, Choche?

—Porque hasta el más bruto sabe que cada minuto hay más cadáveres. La prevención debería ser prioridad, pero aquí la prevención es mala palabra. Se debería empezar por la limpieza… de manos y uñas de los actores que, -solapa- aseguran trabajo a clínicas privadas y funerarias. ¿Asesinato premeditado? No, peor: rutina administrativa.

—¡No jodas! ¿Tan bajo cayó el Juramento Hipocrático?

—Pues sí. El asunto está en UCI y seguimos aguantando. La causa es sabida: todo gira alrededor del maldito dinero. Ese caballero que dejó de serlo, pero sigue siendo el más poderoso. Las pastillas del siglo XVIII siguen recetándose como si fueran milagros, y nadie dice nada de sus efectos secundarios. Los colegios profesionales callan mientras los alimentos manipulados brillan con conservantes y saborizantes cancerígenos. La única ocupación oficial que da estabilidad es la de sepulturero: ese sí tiene frijoles asegurados.

—Tonce… fácil de solucionar: un par de comisiones y…

—Ya pareces chongresista. Van a pasar quinientos años y el problema seguirá vivito y coleando, porque genera ingresos a todas las instituciones metidas en el negocio de la salud. Y no queda allí: la cola es más larga que la que se hace cada día para conseguir cita médica. La escasez de medicinas es otra pendejada mayúscula, creada por autoridades y fábricas para inventar agotamientos falsos. Y seguimos echando tierra, tierra y más tierra.

—Tonce… ¿tamos jodidos hasta las patas?

—Hasta el cuello, Miguelito. Porque ahora, si quieres cita, tienes que llevar un kilo de toffees de la Ibérica a la auxiliar del médico. Si no, te devuelven como pelota mal pateada. O compras cita en clínica privada para que tu especialista del Seguro Social te atienda en el hospital público. El círculo perfecto: pagas dos veces por el mismo maltrato.

—¡No te creo; se pasaron!

—¿No me crees? Anda, consigue una cita en tu hospital. Haz la cola desde las tres de la mañana, con tu hombro roto y tus tenis agujereadas. Verás que la única receta válida es paciencia infinita… o plata. Porque aquí la salud no se cura: se negocia.

 

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