Esto no es anamnesis ni diagnóstico, mucho menos receta. Es más bien un epitafio adelantado, escrito desde la vereda de los pacientes —no tan pacientes— que seguimos esperando que el Juramento Hipocrático deje de ser un chiste cruel y vuelva a ser algo más que un escudo con serpiente que se tragó la espada. Porque hoy, la serpiente no cura: cobra.
—Tonce… ¿ya no hay que echarle tierrita a las
equivocaciones, yerros y olvidos?
—¡Tas won! A
estas alturas, la tierra ya no tapa nada: la tierra es negocio. Se vende por
metro cuadrado en los camposantos, que crecen más rápido que las farmacias. La
indolencia se ha institucionalizado y, sin querer queriendo, el sistema
promueve la superpoblación de tumbas. La salud, ahora, se compra como pan
caliente… pero sin vuelto.
—Pero, Master… ¿tú que eres doctor en ciencias
ocultas, paramédico voluntario, enfermero casual, chamán del barrio y adivino
obligatorio, puedes decir todo eso de tus colegas?
—¡Momentito, Miguelito! Yo seré todo lo bueno que
quieras, choche cabal, un pan de dios y diccionario de insultos, pero estoy a
diez mil kilómetros de mis supuestos colegas; porque yo no cobro ni michi por
consulta, aunque el “Cabezón Lozada” me tiene escaldado pidiéndome sus
horóscopos mañaneros. Y mientras tanto, los doctores de bata blanca cobran
hasta por el saludo.
—¿Por qué dices esto, Choche?
—Porque hasta el más bruto sabe que cada minuto hay
más cadáveres. La prevención debería ser prioridad, pero aquí la prevención es
mala palabra. Se debería empezar por la limpieza… de manos y uñas de los
actores que, -solapa- aseguran trabajo a clínicas privadas y funerarias.
¿Asesinato premeditado? No, peor: rutina administrativa.
—¡No jodas! ¿Tan bajo cayó el Juramento Hipocrático?
—Pues sí. El asunto está en UCI y seguimos aguantando.
La causa es sabida: todo gira alrededor del maldito dinero. Ese caballero que
dejó de serlo, pero sigue siendo el más poderoso. Las pastillas del siglo XVIII
siguen recetándose como si fueran milagros, y nadie dice nada de sus efectos
secundarios. Los colegios profesionales callan mientras los alimentos
manipulados brillan con conservantes y saborizantes cancerígenos. La única
ocupación oficial que da estabilidad es la de sepulturero: ese sí tiene frijoles
asegurados.
—Tonce… fácil de solucionar: un par de comisiones y…
—Ya pareces chongresista. Van a pasar quinientos años
y el problema seguirá vivito y coleando, porque genera ingresos a todas las
instituciones metidas en el negocio de la salud. Y no queda allí: la cola es
más larga que la que se hace cada día para conseguir cita médica. La escasez de
medicinas es otra pendejada mayúscula, creada por autoridades y fábricas para
inventar agotamientos falsos. Y seguimos echando tierra, tierra y más tierra.
—Tonce… ¿tamos jodidos hasta las patas?
—Hasta el cuello, Miguelito. Porque ahora, si quieres
cita, tienes que llevar un kilo de toffees de la Ibérica a la auxiliar del
médico. Si no, te devuelven como pelota mal pateada. O compras cita en clínica
privada para que tu especialista del Seguro Social te atienda en el hospital
público. El círculo perfecto: pagas dos veces por el mismo maltrato.
—¡No te creo; se pasaron!
—¿No me crees? Anda, consigue una cita en tu hospital.
Haz la cola desde las tres de la mañana, con tu hombro roto y tus tenis
agujereadas. Verás que la única receta válida es paciencia infinita… o plata.
Porque aquí la salud no se cura: se negocia.
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